José Simler sm
“DIARIO ÍNTIMO”

(1878-1905)

AGMAR 206.1.15. Archivos generales marianistas (AGMAR). Via Latina, 22 – Roma
Traducción: Daniela Morand
Edición, prólogo y notas: Ambrogio Albano sm


NOTAS DIVERSAS:

REGLAMENTO DE VIDA, ESTANCIA EN ROMA (1892) BIOGRAFÍA DEL P. CHAMINADE

El capítulo que se publica, aparece después del Prólogo.
Los capítulos publicados anteriormente, pueden ser leidos en el enlace que aparece al final (“Diario íntimo” Simler)

PRÓLOGO

Al leer las páginas que nos han quedado del DIARIO ÍNTIMO y las NOTAS del P. Joseph Simler, cuarto Superior General de la Compañía de María, he percibido, por un lado, abundantes devociones que conforman, a mi entender, una especie de “escalera paradisíaca” de su ascenso espiritual hacia Dios; y por el otro, la introversión de la conciencia hacia la prosaica rutina de la condición humana. A medida que avanzaba en la lectura de este escrito, he descubierto en su autor una doble tendencia: un florecimiento religioso y una especie de represión psicológica. Tal vez las biografías del P. Simler, el “segundo Fundador de la Compañía de María”, me habían preparado para una lectura hagiográfica del documento. En efecto, durante cierto tiempo, estuve engañado por este cuadro de fondo.

Sin embargo, poco a poco, el propio autor me ha enseñado que en esta doble experiencia residía “toda la ciencia ascética”, que en él habitaba la contradicción paulina que lleva a desear el bien y a seguir un bien menor o incluso el mal; que normalmente en su oración recurría a Dios, a María, a los ángeles y a los santos como interlocutores, pero que escogía (1 de abril de 1882) al Buen Ladrón como patrón e intercesor; que confesaba a Dios sus incapacidades humanas pero le presentaba también, poco después, proyectos ambiciosos para la difusión de su Reino.

He releído las páginas del P. Simler con una segunda reserva. Pensé que aquí encontraría la evidencia de lo que la posteridad ha atribuido al “segundo Fundador de la Compañía de María”: la rehabilitación del P. Chaminade, el trabajo de las Constituciones, la difusión de la Compañía en todos los continentes y la elaboración de la doctrina sobre la cual se asienta el espíritu de la fundación. Sí, todo esto es así pero está presente de una forma tan discreta, tan hilada en el “día a día,” que es preciso pensar en el grano de mostaza enterrado más que en el árbol sobre el que los pájaros hacen sus nidos.

El DIARIO ÍNTIMO y las NOTAS del P. Simler son decididamente la historia de su alma y no la historia de la Compañía que dirigió durante treinta años. Y, no obstante, las dos realidades se entretejen a menudo, pudiéndose resumir en esta cita: “Somos un monumento viviente que explica que la salvación vino, viene y vendrá siempre por intermedio de María” (24 de mayo de 1878).

En estas páginas, el buen y admirable Padre aparece como una persona llena de humildad, fe, sencillez, amor filial, abandono a la Providencia y devoción a la Santísima Virgen , a San José, a los santos ángeles y a los santos patrones. Algunos de los pasajes de una de sus obras más hermosas, la Guía de oración , pueden servir de introducción a estas páginas: “Es bueno, inmediatamente después de orar, escribir en una libreta los pensamientos, los sentimientos y las resoluciones que han surgido. Al ponerlas por escrito, es posible llegar a comprenderlas y recordarlas mejor. Luego, al releer las notas, se obtiene un gran beneficio e incluso un gran placer. El alma experimenta lo que sentimos cuando recuperamos antiguos conocimientos”.

Y en su DIARIO ÍNTIMO, el P. Simler anotaba: “Estos días de diciembre (1881), reviso las notas del año pasado y vuelvo a experimentar los sentimientos de entonces”.

Otros dos pasajes de la Guía de oración (1) resumen bien los sentimientos que brotan en cada página de estas NOTAS: “Es un signo excelente si al finalizar el momento de la oración se termina con el convencimiento de que es preciso empezar por reformarse uno mismo y de que ninguna reforma es más necesaria ni más urgente. Día a día, tras cada oración –dice el autor de la Imitación –, debemos renovar nuestro buen propósito, inspirarnos el fervor como si nuestra conversión datara de ese preciso momento, y repetir sin cesar “Reafírmame, oh Dios mío, en el buen propósito y en tu santo servicio; ayúdame a comenzar hoy, en esta hora, de manera perfecta porque lo que he hecho hasta el momento no es nada” (Imitación 1, 19). Aquel que no ponga atención de forma prioritaria y constante en su propia renovación, es presa de la ilusión”.

Las páginas siguientes reproducen el DIARIO ÍNTIMO del buen P. Simler y diversas hojas arrancadas que se encontraron entre sus papeles.

El DIARIO ÍNTIMO no nos ha llegado intacto. En una de sus últimas enfermedades, el buen Padre había comenzado a releerlo y a destruirlo a medida que avanzaba en la lectura. Afortunadamente, su secretario, el P. Klobb, consiguió sustraerle el manuscrito y recuperar la mayor parte de las páginas arrancadas (2) .

AMBROSIO ALBANO SM

(Ambrogio Albano, marianista italiano, fue durante bastantes años, Archivero General de la Compañía de María; y ordenando y clasificando todo el inmenso material de la SM, publicó muchos libros donde están recogidas las referencias bibliográficas de AGMAR. También editó por primera vez textos fundamentales de nuestra historia, como este Diario espiritual del P. Simler, que hasta entonces era conocido sólo en copias mecanografiadas para uso de investigadores y estudiantes marianistas. NOTA DE ÁGORA).

 

DIARIO ÍNTIMO

NOTAS DIVERSAS:

REGLAMENTO DE VIDA, ESTANCIA EN ROMA (1892) BIOGRAFÍA DEL P. CHAMINADE

REGLAMENTO DE VIDA

El documento autógrafo, en doble copia, se encuentra en los AGMAR 206.1.19. La primera copia está en una libreta de 12 páginas (11,5 x 17,5); la segunda, en 6 páginas de hojas “separadas” (18,5 x 23,5). Ambas reproducen el mismo texto con ligeras variaciones.

El P. Henri Lebon copió un pasaje del texto que se encuentra en el DIARIO ÍNTIMO: “Una de mis principales preocupaciones será repasar mi reglamento personal que data, en gran parte, de los años anteriores a mi ingreso en la vida religiosa, que fue completado en distintos periodos significativos…” (29 de junio de 1879).

J.M.J – A.M.D.G.

Qui regulae vivit, Deo vivit (S. Gregorio). En el Libro de la Sabiduría (11, 21) se dice que Dios dispone de todas las cosas con medida, número y peso. Una de las cosas más importantes para el hombre es regular su conducta y sus acciones. El orden o el reglamento, dice San Agustín, es una guía que nos lleva a Dios. Todo lo que procede de Dios presenta un orden y una regularidad. El que vive de acuerdo con un buen reglamento, dice San Gregorio, vive para Dios. Un buen reglamento es indiscutiblemente algo útil y conforme a las intenciones de Dios. Pero de entre todos los reglamentos, es sabio adoptar el que sea más beneficioso para la tarea. Ahora bien, sin lugar a dudas, el más beneficioso es el más conforme con la intención de la Iglesia y el que se apoya en unas prácticas aprobadas, recomendadas y enriquecidas por numerosas indulgencias concedidas por los Soberanos Pontífices. Bien es cierto que todo buen reglamento debe adaptarse a las necesidades, las tendencias, las inclinaciones, el estado, la condición y la edad de cada uno. Son en realidad cosas generales, comunes a todo el mundo las que pueden ser objeto de un breve reglamento general como el siguiente.

IDEA FUNDAMENTAL DEL REGLAMENTO. ¿Para qué he venido a este mundo? Venimos de Dios y volvemos a Él. Se nos da la vida para realizar este paso. Todo lo que en la vida no es para Dios se pierde irremediablemente. En el juicio que tendrá lugar después de mi muerte, no habrá nada más que Dios y mi alma. Por lo tanto, durante mi vida, no debo ocuparme de otra cosa que de Dios y de mi alma.

REGLAMENTO. Mihi vivere Christus est (Flp. 1, 11). En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amen. Es en nombre de las tres personas de la adorable Trinidad, de acuerdo con su inspiración y para su mayor gloria, que redacto este breve reglamento para conformar mi vida a él, por la gracia de Dios. Jesús se hizo hombre para convertirse en mi modelo, como Él mismo ha dicho. Igualmente, en todas las prácticas, no tengo otra intención que la de imitar a Jesucristo mi modelo y, para obligarme a imitarlo de una manera más perfecta, me propongo observar siempre las siguientes reglas.

AL DESPERTAR. Primitias non tardabis reddere (Ex. 22, 29). No tardarás en ofrecerme tus primicias. Es la primera acción del día. La santificaré de manera especial, porque Dios siempre ha sido celoso de las primicias de todas las cosas. Desde el momento en que abra los ojos, me dirigiré a Jesús, le rogaré en seguida que me aplique en este día y para siempre los méritos infinitos de su Pasión. Me ofreceré a Él como una víctima consagrada a su gloria. Me abandonaré totalmente a su dirección. Le pediré que no rechace a una criatura marcada por su Preciosa Sangre. Lleno de confusión por el recuerdo de mis ofensas pasadas, de mi negligencia continua y de mi tibieza presente, me refugiaré en mi buena Madre, la dulce Virgen María, y me volveré hacia su seno con más confianza de la que un niño tiene al echarse en brazos de su madre. Le rogaré que interceda ante su divino Hijo y que no me permita traicionar jamás la gloriosa calidad de hijo de María. Luego, me dirigiré a mi santo ángel de la guarda para agradecerle su ayuda y pedirle que nunca me abandone, sino que me fortalezca siempre con sus buenas inspiraciones. Por último, no olvidaré volver la mirada hacia mi santo patrón y hacia los santos a los cuales profeso una especial devoción y a quienes he escogido como protectores. Al despertar, como en todas las demás circunstancias, escucharé el sonido de las campanas o de la señal en cuestión como la voz de Dios que me llama a su servicio. Me propondré actuar de una manera que sea digna de un Maestro tan grande. Me vestiré rápida y modestamente. Durante el aseo, le rogaré sobre todo que limpie mi interior. Al vestirme, pensaré en las vestiduras de mi alma. Pediré a Dios que me revista con las armas de la fe y que me adorne con la corona de todas las virtudes.

IGLESIA O CAPILLA. Quam terribilis est locus iste! Non est hic aliud nisi domus Dei et porta coeli (Gn. 28, 6). Cada vez que entre en la iglesia o en la capilla, miraré con ojos de fe a la Santa Virgen, a los ángeles y a los santos prosternados ante el Tabernáculo. Imaginaré a mi ángel de la guarda conduciéndome de la mano y prosternándose con el rostro inclinado sobre el suelo ante la majestad de Dios. Caminaré con respeto, atravesaré el umbral del lugar santo con un temor santo y me uniré a la Santísima Virgen, a todos los ángeles y a todos los santos para adorar al Dios vivo, presente ante mí, su indigna criatura. Mi inclinación o mi genuflexión representará un acto de adoración, de humildad, de entrega, de arrepentimiento, de amor, de ofrenda de todo lo que soy. Con estos sentimientos permaneceré en el lugar santo. Al retirarme, rogaré a los ángeles que continúen, en mi nombre, con los actos de adoración y de agradecimiento a Dios que me veo obligado a interrumpir.

ORACIÓN. Oportet semper orare [Lc. 21, 36]. La oración será siempre la primera necesidad y el más dulce reposo de mi alma. No será una fórmula vana ni frases estériles; será para mí el lazo de unión de la criatura con el Creador, del pobre con el rico, del débil con el fuerte, del enfermo con el médico, del preso con su libertador, del condenado con su Salvador, del desgraciado con su benefactor, del amigo con su amigo más fiel, etc. Temeré siempre caer en la tibieza y la indiferencia hacia la oración. En cuanto a mis oraciones vocales, siempre que sea posible, las haré de rodillas, con la cabeza descubierta, las manos juntas o los brazos cruzados, los ojos cerrados o fijos en un signo religioso, ya sea una imagen o un crucifijo, articulando con respeto todas las palabras.

ESTUDIO Y TRABAJO. Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam (Sal. 127, 1). El estudio o el trabajo será siempre para mí un deber sagrado, una penitencia impuesta, por orden de Dios, quien me ha condenado a ganarme el pan con el sudor de mi frente. Empezaré invocando el auxilio de Dios, porque si el cielo no viene en su ayuda es inútil que el obrero se ponga manos a la obra. Mientras trabaje, solicitaré de vez en cuando la presencia de Dios y la asistencia de mi ángel de la guarda. Al final, ofreceré todo a Dios, le pediré perdón por mi negligencia y por todas las faltas que haya podido cometer. Luego me encomendaré a la protección de la Santísima Virgen.

LA SANTA MISA. Hoc facite in meam commemorationem [Lc. 22, 19]. Estas palabras me recuerdan que la santa misa es la acción más augusta de nuestra santa religión. Buscaré instruirme sobre la manera de asistir a esta celebración con el máximo respeto y obteniendo los mayores frutos. Recordaré los cuatro fines principales por los cuales fue instituida. Prestaré especial atención a mis santas comuniones, las cuales llevaré a cabo con tanta frecuencia como se me permita (136) . Con respecto a la comunión, mi vida deberá ser una preparación y una constante acción de gracias. Cuando no haga la comunión sacramental, no olvidaré hacer la comunión espiritual, uniendo mi intención a la del sacerdote que celebre la santa misa.

DESCANSOS. Gaudete in Domino; iterum dico: gaudete (Flp. 4, 4). Dios permite y aprueba el descanso honesto. Sin embargo, es precisamente en estas circunstancias cuando yo más necesito su ayuda. Por lo tanto, me dirigiré a menudo a mi ángel de la guarda para que me guíe y me conduzca en esos momentos. En todo lo que de mí dependa, evitaré e impediré todo aquello que pueda ofender a Dios e intentaré llevar a mis compañeros hacia Dios a través de mis palabras y mis actos.

COMIDAS. Sive manducatis sive bibitis sive aliud facitis, omnia in gloriam Dei facite ( 1 Cor. 10, 31). Conformándome a esta invitación del Apóstol, comeré únicamente porque es la voluntad de Dios. En la mesa, me imaginaré en compañía del nuestro Señor y de sus apóstoles. Jamás omitiré el Benedicite ni las gracias. Con esta condición, espero que Dios me preserve de todo durante esta acción tan peligrosa, que es la causa de que se pierdan tantas almas.

RELACIONES CON MIS SEMEJANTES. Quamdiu fecisti uni ex minimis meis, mihi fecisti (Mt. 25, 40). Mis relaciones con mi prójimo estarán dirigidas por esta regla. ¡Que estas palabras de mi Salvador merezcan toda mi atención! Para Jesucristo, todo lo que le haga a cualquiera de mis semejantes, se lo hago a Él. ¡Que jamás pierda de vista este oráculo! ¡Cuántas faltas evitaría! ¡Cuántos méritos acumularía! En cualquier caso, no es necesario prescribirme otra regla que la de ver siempre a Jesucristo en la persona de mis superiores, mis compañeros y mis subordinados.

AL ACOSTARME. In pace idipsum dormiam et requiescam [Sal. 4, 9]. Por la noche, antes de irme a dormir, daré las gracias a Dios por todos los favores que me ha dado durante el día. Una vez más, le pediré perdón por mis ofensas. Me dirigiré también a la Santísima Virgen, a mi ángel de la guarda, a mis santos patrones, a todos los ángeles y a todos los santos que forman la comunidad de ciudadanos de la Iglesia católica. Finalmente, me dormiré con pensamientos de fe, poniendo mi alma en manos de Dios como deberé hacer en la hora de la muerte. In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum [Sal. 31, 2].

PRÁCTICAS ESPECIALES. 1º Mi primera devoción es hacia Jesús considerado en su Pasión y en la adorable Eucaristía: habitaré en el Sagrado Corazón de Jesús, al cual honraré todos los días de una manera especial.

2º Mi segunda devoción es hacia María Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres, y especialmente mía. Es en el corazón de María que aprenderé a amar el corazón de Jesús.

3º En tercer lugar, mi atención se centrará en mi ángel de la guarda, mi santo patrón y los santos que he escogido como protectores y como mis modelos particulares.

4º Tendré especial cariño a las pobres ánimas del purgatorio; ganaré para su alivio todas las indulgencias que pueda.

5º Me familiarizaré con las prácticas y las oraciones de las páginas siguientes, que son como el complemento de mi breve reglamento. Obsecro vos, ego vinctus in Domino, ut digne ambuletis vocatione qua vocati estis (Ef. 4). Et quicumque suam regulam secuti fuerunt, pax super illos et misericordia et supra Israël Dei (Gál. 6, 16) (137) .

POR EL DÍA. Observad a los hombres. ¡Cuánto se esmeran, día tras día, para aumentar el tesoro de las riquezas que se convertirá en su infelicidad eterna! Esta infatigable diligencia debería servir por lo menos para estimular la cobardía de las almas que han decidido permanecer fieles a Dios. ¡Qué fácil es socorrer en cada instante del día a las pobres almas de nuestros hermanos que se encuentran en el purgatorio! No me costará nada cuando tenga la costumbre de realizar algunas de las prácticas indicadas y recomendadas por la Iglesia. Nos es imposible indicar todas las buenas obras y oraciones por las cuales la Iglesia concede indulgencias. Todos podemos encontrar una gran variedad en distintos libros piadosos o preguntar por las más fáciles y convenientes a cualquiera que pueda dar una información certera. Señalaremos que la primera forma de amasar tesoros espirituales, es 1º realizar todas las acciones no por rutina sino con espíritu de fe y con los ojos puestos en Dios; 2º entrar en algunas cofradías: no se pierde nada por ser miembro de una de ellas y hay siempre mucho que ganar. La que, a mi parecer, es mejor que todas las demás es, en primer lugar, la cofradía del Sagrado Corazón, y luego la del escapulario del Monte Carmelo. Todo buen cristiano debería intentar formar parte de estas dos cofradías y además ver a cuál otra puede unirse fácilmente; 3º aprender de memoria algunas jaculatorias que otorguen indulgencias. No hay nada más fácil que repetirlas durante todo el día, durante el trabajo y durante el reposo, solo y en compañía: este es un medio todopoderoso para preservar nuestro fervor. Citaremos aquí algunas jaculatorias que pueden resultar adecuadas.

Jesús Dios mío, os amo sobre todas las cosas. (138)

(50 días de indulgencias, cada vez, Pío IX, enero de 1854)

¡Oh dulcísimo Jesús, no seáis mi Juez, sino mi Salvador!

(40 días cada vez, Pío IX, 11 de agosto de 1851)

¡Jesús! ¡María!

(25 días cada vez; indulgencia plenaria en el artículo de muerte; además, 20 días cuando se inclina la cabeza al escuchar pronunciar estos santos nombres)

Padre eterno, os ofrezco la preciosísima sangre de Jesucristo en expiación de mis pecados y por las necesidades de la santa Iglesia.

(100 días cada vez, Pío VII, 29 de marzo de 1817)

Sea eternamente alabado y adorado el Santísimo Sacramento.

(100 días una vez por día; más tres veces el jueves y en la octava del Corpus Christi; 100 días cada vez que se recita con la señal que anuncia la exposición o la bendición del Santísimo Sacramento y con la elevación de las dos especies sagradas a la mesa a la cual asistimos; indulgencia plenaria una vez por mes)

Oh, Virgen María, que nunca estuvisteis afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, os encomiendo y confío la pureza de mi corazón.

(100 días cada vez, Pío IX, 26 de noviembre de 1854)

In conceptione tua, virgo Maria, immaculata fuisti: ora pro nobis Patrem cujus Filium Jesum de Spiritu Sancto conceptum peperisti.

(100 días cada vez)

Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

(100 días cada vez)

Al Sagrado Corazón de Jesús ante una de sus imágenes: Oh amable Jesús, para daros prueba de mi agradecimiento y reparar mis infidelidades, yo…, os doy mi corazón. Me consagro enteramente a vos y me propongo, con la ayuda de vuestra santa gracia, no ofenderos más (100 días una vez al día; indulgencia plenaria una vez al mes).

No hay que olvidar la oración al ángel de la guarda, la aspiración a María: Oh, Reina y Madre mía… y otras.

POR LA NOCHE.

OTRAS PLEGARIAS CON INDULGENCIA Y PRÁCTICAS. A los que se saludan cuando uno diga: Laudetur semper Jesus Christus ; y el otro responda: In aeternum o Amen (100 días cada vez; indulgencia plenaria en el artículo de muerte; la misma indulgencia a los que introduzcan esta práctica).

Por besar con devoción el crucifijo (1 año).

Cada vez que nos arrodillemos, en el lugar que sea, para adorar a Jesucristo. Cuando escuchemos la consagración de una misa (1 año de indulgencia; 2 años si vamos a adorar en la iglesia donde se celebra esa misa).

Cuando se asiste a la santa misa un día que no sea obligatorio (un gran número de años).

Para aquellos que se postran devotamente ante el Santísimo Sacramento (40 días cada vez).

Jesús mío, misericordia.

(100 días cada vez).

Sea amado en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús.

(100 días cada vez)

Dulce Corazón de María, sed mi salvación.

(300 días cada vez)

Según la comodidad y el fervor de cada uno, independientemente de estas jaculatorias, existen multitud de otras plegarias con indulgencia algo más largas que se encuentran, en parte, en la mayoría de los libros piadosos.

No citaré nada más que una práctica. Se puede acordar con algunas personas, con las cuales es posible hacerlo, adoptar el uso tan cristiano de saludarse de la siguiente manera: Laudetur Jesus Christus . Respuesta: Amen o In saecula . (Alabado sea Jesús. Así sea o Por los siglos de los siglos) (100 días de indulgencia cada vez) (139) .

 

ESTADÍA EN ROMA (1892)

El manuscrito original se encuentra en los AGMAR 206.1.18, p. 3-6 .

12 de enero de 1892: día de nuestra partida; 12 de junio de 1892 (140) , día de nuestro regreso. Ausencia prolongada contra todas nuestras previsiones: el hombre propone… Es el periodo más largo del año escolar, intervalo señalado sobre todo por las pérdidas que la Compañía de María ha experimentado. Durante estos cinco meses, Dios ha llamado a su presencia a catorce hermanos, jóvenes y ancianos servidores de María. Algunas de estas pérdidas han golpeado nuestras casas de París. En primer lugar, D. Girardet, D. Chopard y D. Ganneval; de las ocurridas en América, citaré a D. Zehler (141) .

Volvamos al mundo de los vivos. Por lo demás, al hablar de los difuntos, no me refiero a nada que no revista interés para los vivos. ¿Acaso no vivimos para morir? Es lo que me han vuelto a repetir en Roma; nos hacemos religiosos en primer lugar para morir de una manera santa. Este es el primer objetivo de nuestra profesión, este es el fin al que tienden las Reglas y las Constituciones. Nuestro segundo fin –el celo por la salvación de las almas, la educación cristiana–, está subordinado al primero, y cuanto más fielmente vivamos conforme a la Regla, más aptos seremos para la vida apostólica.

Sin duda, todo lo que somos se lo debemos a la protección de María. Elle quiere servirse de nosotros a pesar de nuestras carencias. Esto es lo que he respondido sin cesar en Roma a todos los que nos hablaban con benevolencia de la Compañía y sus obras. Las mejores familias, los prelados de cualquier rango y los cardenales nos dan cada vez más muestras de su simpatía. Palabras de Cardenal Protector (142) : es preciso multiplicar sus obras en Roma y en Italia. Luego, el Cardenal Vicario (143) , que siempre está dispuesto cuando se trata de una ceremonia en el Colegio Santa Maria. Lleva su benevolencia hasta el extremo. Lo fui a ver por última vez el día de la Ascensión. Le agradecí, en nombre de toda la Compañía, las numerosas muestras de su elevada bondad. “Ustedes no tienen nada que agradecer, respondió, soy yo el que tiene que darles las gracias, y lo hago ahora como Vicario de Su Santidad, en nombre de la ciudad y de la diócesis de Roma. Les agradezco sinceramente que hayan querido fundar en Roma una casa de formación, como me consta han hecho. Una casa así es una bendición para la ciudad de Roma. Por ello les doy las gracias y deseo que puedan, bajo los auspicios de la Santísima Virgen María, multiplicar las casas de formación en Italia”.

De hecho, si contáramos con hombres italianos, podríamos fundar escuelas libres en Roma o en otras ciudades. Pero nos hacen falta personas italianas…, algunas vocaciones escogidas; se presentan otras pero menos escogidas. Todo el mundo puede trabajar para multiplicar las vocaciones; es una semilla divina que el cielo envía cuando se pide y se merece. Muchas órdenes religiosas se apagan por falta de vocaciones y de esta manera no pueden cumplir su cometido. En lo que se refiere a nosotros, nuestro fin sigue vigente: la educación cristiana. Así lo recalcaron tanto el Cardenal Vicario como otros cardenales. El Cardenal Ledokowski (144) , Prefecto de la Propaganda, tomando buena cuenta de nuestras escuelas y de la fundación de nuestras misiones, dijo: “Han escogido la mejor parte; es más fácil encontrar misioneros predicadores que misioneros educadores. Igualmente, cuenten con mi benevolencia si…: y empiezo preguntándoles si tienen algo que pedir a la Sagrada Congregación”. A mi respuesta de que yo venía simplemente a cumplir un deber y presentar mis respetos al nuevo Prefecto de la Propaganda, me respondió: “A pesar de mi deseo de serles útil, mi mayor deseo es que la Santísima Virgen los proteja de manera tan eficaz que no tengan necesidad de ayuda humana”.

El Santo Padre (145) , a su vez, habiendo recibido las Constituciones, dijo: “Han encontrado definitivamente su lugar en la santa Iglesia”. Nos exhortó a que seamos fieles a las Reglas y recomendó a Mons. Bisleti (146) , a quien entregó provisionalmente el volumen de las Constituciones, que lo dejara en su despacho. También recomendó valor y confianza. Son malos tiempos, incluso los obstáculos y las persecuciones externas pueden entorpecer ciertas obras, pero no podrán perjudicar a una Compañía que es fiel a su vocación.

 

BIOGRAFÍA DEL P. CHAMINADE

1 de MAYO de 1895 (147) . Es, por tanto, en este primer día del mes de María que escribo las primeras líneas de este trabajo que tiene como objetivo hacer dar a conocer la vida y las obras del venerado Padre Chaminade, fundador de la Compañía de María. No he buscado esta coincidencia, ayer ni siquiera pensaba en ello. ¡Quiera Dios que sea un feliz augurio y la prueba de la bendición del cielo!

Cuando este trabajo se me presentó, de alguna forma, hace más de veinticinco años, tuve miedo de aceptarlo. Esperaba, Madre buena, que escogieras para ello a un obrero más digno. Todo parece indicar que no puedo esperar más tiempo sin sustraerme a lo que Tú pides de mí. Esta es mi excusa. Y esta será también mi fuerza y mi apoyo mientas dure este trabajo. Hablemos con más precisión. Tú misma, Madre de la divina Sabiduría y del Buen Consejo, Tú serás mi guía, mi luz, mi consejo, mi fuerza y mi apoyo para que yo escriba únicamente lo que desees y todo lo que desees, que presente cada cosa como la ves Tú. No puedo alegar otra razón para ponerme manos a la obra, que el deseo de conformarme fielmente a tu voluntad. No tengo otra ambición que la de hacer que se te conozca, ame y sirva cada vez más. ¿Escribir la vida del venerado Padre Chaminade y la historia de sus trabajos apostólicos, no es acaso difundir el conocimiento de tu persona a través de tus obras? Porque el Padre Chaminade nunca dejó de repetir que él actuaba sólo por ti y para ti, que la Compañía de María era obra tuya, y que todo lo que él mismo hizo inspirado por el celo de salvar almas, debía considerarse como obra tuya.

Así, guíame Madre mía, para que, a tarvés de tus obras, te haga conocer tal como eres: eso bastará para hacerte amar y multiplicar el número de tus servidores, para extender tu culto y tu reino sobre la Tierra. Así sea.

12 de NOVIEMBRE de 1900 (148) . Soy feliz al comprobar que la obra de los antiguos alumnos de nuestras casas y, en general, la obra de los jóvenes, se anuncia bien.

Cuanto más avanzo en mi investigación sobre la vida del Fundador, más claro veo que la idea que nos transmite la Santísima Virgen de no abandonar jamás a los jóvenes era para él un principio fundamental de la verdadera educación cristiana, tal como debe entenderse en la Compañía de María. Él no tuvo la satisfacción de realizar lo que era el continuo objeto de sus deseos. De la misma manera, nosotros creemos seguir las indicaciones de la Providencia y la llamada de la Santísima Virgen al comprometernos en este camino, en la medida que nuestros recursos y la prudencia nos lo permitan. He aquí dos condiciones que hay que tener en cuenta. Así, ciertamente, deberíamos amar la obra de […?…]. Sin embargo, no la hemos aceptado porque faltaban estas dos condiciones: no contábamos con los recursos personales, y la prudencia nos indicaba que no era el momento de emprender de esta obra. Actualmente, no llevamos a cabo en nuestras casas lo que espero se hará más tarde, cuando las dos condiciones se cumplan en grado suficiente.

9 de NOVIEMBRE de 1902 (149) . Domingo, día del retiro mensual. Resumo en las siguientes líneas las resoluciones que el Espíritu de Dios me ha sugerido a través de los hechos, pruebas y circunstancias que se nos plantean. Al emplear el plural (nos), me refiero a mí, a las personas que están bajo mi solicitud y responsabilidad, a la Compañía de María y a sus obras, a la santa Iglesia y, especialmente, a las congregaciones religiosas y al clero.

1º Me entregaré con mayor empeño al deber, que es para mí un deber de estado, de aprender a conocer mejor, amar y servir a la Santísima Virgen, especialmente de acuerdo con la doctrina expuesta por el B. Grignion de Montfort en su librito El Secreto de María y en su tratado Verdadera devoción a la Santísima Virgen . Luego, aprovecharé todas las ocasiones para difundir esta doctrina, con el fin de que se conozca mejor, se ame y se sirva a María, primero en la Compañía y luego entre los alumnos, etc.

2º Me entregaré con mayor empeño a practicar la pobreza y a hacer que se practique en nuestras comunidades y, en consecuencia, a divulgar la necesidad, las ventajas y la excelencia de esta virtud que, en definitiva, es la práctica más completa de la confianza en Dios.

3º Me dedicaré a extender la doctrina y las virtudes de nuestro venerado Fundador, y a preparar, si es la voluntad de Dios y del agrado de la Virgen, la presentación de su causa a la Sagrada Congregación de los Ritos (150)

1904 (151) . Sé, Madre mía, que no tienes necesidad de mí, ni de mi servicio ni de mi trabajo. Sé que es para mí un honor incomparable estar aún a tu servicio. Cuando observo mi vida pasada, siento que una dolorosa tristeza inunda mi alma y, cada vez que eso ocurre, experimento las repercusiones en mi cuerpo. Pareciera como si la sangre aminorara su curso y que todos los miembros perdieran su vigor. A menudo, este estado se refleja en mi rostro y si no intento distraerme, pronto las lágrimas comienzan a brotar. Tú conoces, Madre mía, la causa de mi angustia y de mi sufrimiento: la causa soy yo mismo. Cuántas veces tuviste los más graves motivos para alejarme de ti y abandonarme a la vergüenza y a la miseria. Aquí declaro que nadie hubiera tenido conmigo la paciencia, la bondad, la longanimidad ni la inagotable benevolencia que me abruman de ti.

Jamás he correspondido a tu llamada, a tus invitaciones, a tus favores, a ese amor inefable que nunca se ha cansado de llamarme, de esperarme y de ayudarme. No sólo no soy digno de contarme entre tus hijos, sino que tampoco merezco estar entre los últimos de tus servidores. Tampoco osaría destacar en la celebración de tus grandezas si no estuviera obligado, por así decirlo, por mi estado. Por eso, recibe mi infinito agradecimiento. Porque Tú, con tu misericordiosa bondad, has creado para mí esta obligación. Nunca alimenté ni concebí el deseo de escribir un libro. Cuando, durante mi carrera, vislumbraba la posibilidad de que la obediencia o el deber impuestos por mi estado pudieran algún día hacerme escribir, te rogué que este trabajo fuera para ti, oh, Madre buena. No ha sido así. No obstante, permanecí fiel a mi resolución. Sencillamente me presté a lo que se imponía o se presentaba ante mí porque no creo haber volcado jamás una idea propia en mis primeros escritos.

Madre mía, de entre todas las razones que me han impedido hasta hoy publicar algunas consideraciones que tuvieran directamente por objeto alabarte y bendecirte, sólo citaré una: es que soy totalmente indigno de estar entre tus panegiristas. ¿Por qué entonces tengo hoy la temeridad […laguna…]? Soy más indigno que nunca, lo afirmo, lo confieso con sinceridad y con plena convicción. ¿Por qué tengo entonces el coraje de emprender lo que no he hecho hasta hoy y lo que, seguramente, habría hecho ya si hubiera sido fiel a tus designios sobre mí? (152) Veo en ello, Madre mía, una nueva intervención de tu corazón misericordioso. Me parece que me empujas al trabajo, varios de tus hijos me han impulsado también a ello en tu nombre. Tú actúas así para forzarme a darme a ti como Tú lo deseas. En efecto, no me atrevo a proponerme celebrar tus alabanzas sin antes intentar hacerme menos indigno; y eres Tú la que hace nacer en mí este sentimiento.

(*) Congregación de los Ritos , hoy denominada Congregación para el Culto divino y para la disciplina de los Sacramentos (Nota de la traductora) .

 

NOTAS

136 El P. Simler había conservado este reglamento “que data, en gran parte, de los años anteriores a mi ingreso en la vida religiosa”.

137 En las páginas 7-8 del manuscrito continúa la lista de las indulgencias.

138 Cf. la circular nº 27 del 1 de junio de 1883: Modifications introduites dans la Règle du Tiers-Ordre séraphique .

139 El P. Henri Lebon añade esta nota de su propia mano: “Como se puede ver, el P. Simler había puesto en práctica desde hacía tiempo el consejo que daría más tarde en la “Guía”: “Escoged de entre esta rica colección, de las Escrituras, los escritos de los santos y los libros piadosos. Haced para vuestro uso personal un recopilatorio, como un inmenso ramo o un baúl espiritual en el que guardéis vuestras oraciones jaculatorias. Transcribid regularmente en esta libreta espiritual los pensamientos que os sorprendan, las máximas piadosas, las invocaciones ardientes que encontréis en vuestras lecturas piadosas. Luego, releed a menudo alguna página de este precioso recopilatorio. Pronto os daréis cuenta de que poseéis un tesoro inagotable, una fuente de la cual brota un agua viva. Durante vuestras meditaciones, estos textos os vendrán solos a la mente. Sin esfuerzo alguno, se convertirán en la expresión de vuestros sentimientos, en el alimento de vuestros afectos, en las fórmulas de vuestras plegarias. Extraeréis a voluntad vuestras jaculatorias de la libreta para lanzarlas al cielo bajo el impulso de vuestro corazón».”

140 Cf. circular nº 59 del 3 de febrero de 1892 en donde se cita uno de los fines de esta estadía: Bendición del Collegio Santa Maria de Roma.

141 François Girardot, fallecido el 12 de enero de 1892, fue Secretario general de 1870 a 1892. Louis Chopard, fallecido el 27 de febrero de 1892. Séraphin Ganneval, fallecido el 29 de febrero de 1892. Maximin Zehler, fallecido el 24 de marzo de 1892.

142 Serafino Vannutelli que será el Cardenal Protector de la Compañía de María de 1889 a 1916.

143 El Cardenal Placido Maria Parocchi (1833-1903).

144 Cardenal Mierczyslaw Halta Ledokowski (1822-1902).

145 León XIII.

146 Gaetano Bisleti (1856-1936) que será nombrado cardenal en 1911.

147 Original en los AGMAR 206.1.18, pp. 7-8.

148 Original en los AGMAR 206.1.22.

149 Original en los AGMAR 206.1.18, p. 9.

150 El P. Simler no llegará a presentar la causa de beatificación del P. Chaminade. Será su sucesor, el P. Joseph Hiss, quien levante acta de ello en su circular nº 24 del 3 de enero de 1913: La cause du B. P. Chaminade .

151 Original en los AGMAR 206.1.18, pp. 11-14.

152 “Este trabajo era una circular sobre el amor filial a María que deseaba ofrecer en homenaje a la Santísima Virgen , con ocasión del centenario de la proclamación del dogma de su Inmaculada Concepción.” (Cf. Joseph Simler, AGMAR 1821.22, pp. 172-174).


 

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