YO, ADELA

Por Marie-Joëlle Bec fmi

Cuando Adela de Trenquelléon nos cuenta su vida...

 

Las grandes etapas de la vida de Adela

 

1789-10 de junio: nacimiento en el castillo de Trenquelléon, municipio de Feugarolles, cerca de Agen.

1797-septiembre: salida para el exilio con su madre y su hermano pequeño Carlos, primero a España y después a Portugal.

1801-6 de enero: primera comunión en San Sebastián (España)

1801-noviembre: vuelta al castillo de Trenquelléon.

1803-6 de febrero: confirmación en Agen.

1804-5 de agosto: con Juana Diché, fundación de la “Pequeña Asociación” para amar mejor y hacer amar a Cristo.

1808: principio de la correspondencia con el P. Chaminade.

1815-18 de junio: muere santamente su padre, asistido por su hija.

1816-25 de mayo: fundación del Instituto de Hijas de María en Agen.

1817-25 de julio: el P. Chaminade recibe los votos de las nueve primeras religiosas.

1819: comienzo de la correspondencia con la Madre Emilia de Rodat, fundadora de la Sagrada Familia de Villafranca.

1820: fundación de Tonneins.

1821: Isabel de Casteras, prima de Adela ingresa en el noviciado (3ª Superiora General)

1824: fundación de un internado en Condom, y poco después del noviciado en Burdeos.

1826: fundación de Arbois, en el Jura.

1827: el estado de salud de Adela se deteriora, redacta su testamento y pide al gobierno el reconocimiento legal del Instituto.

1822-22 de noviembre: El obispo de Agen aprueba los estatutos civiles del Instituto.

1828-10 de enero: Adela muere santamente, rodeada de sus hijas.

1965-17 de febrero: apertura en Agen del proceso canónico con vistas a la beatificación.

1986-5 de junio: el Papa Juan Pablo II aprueba el decreto sobre la heroicidad de las virtudes. Adela es Venerable, en espera del milagro que permita su beatificación...

 

 


Nacimientos y primeros años, en tiempos revueltos

 

En un 27 de septiembre de 1787, se casó mi padre, el barón Carlos de Batz de Trenquelléon, con María Úrsula de Peyronnencq, en la capilla del Obispado de Montauban. Bendijo esta unión su tío, por parte de la madre, monseñor de Malide, obispo de Montpellier. Todo sonreía entonces a los recién casados. Mi padre estaba de servicio en el regimiento de los Guardias franceses. Residía con mamá, unas veces en París, calle de San Honorato, en un apartamento que le habían habilitado sus tíos, hermanos de papá, el conde y el vizconde de Malide, y otras veces en el castillo de Trenquelléon, en tierras de Feugarolles, a orillas del Baïse, no lejos de Nérac, la patria de Enrique IV. Papá descendía de una antigua familia noble del Béarn. Hombre recto, de una fe profunda, tenía un afecto, lleno de admiración, por mamá, de la cual decía gustosamente: “Es una santa”. A los campesinos y aparceros, que vivían en los alrededores del castillo, les gustaba encontrarse con él, porque se interesaba por ellos, por sus familias, pedía que le dieran noticias de unos y otros. Sus relaciones con esta gente estaban llenas de sencillez y cordialidad. Todos lo querían. En cuanto a mamá, originaria de Rouergue, su familia se remontaba hasta san Luis. Daba catequesis a los niños, visitaba a los enfermos, a los ancianos que vivían solos, atendía a las necesidades de los pobres. Por las tardes, en el castillo, presidía la oración en que la que se reunían la familia y los criados. A principios del año 1789, toda la familia se encontraba en Trenquelléon, debido a las elecciones en las que debía participar papá. Intervino, como ya sabéis, en las asambleas de la nobleza de Condom y de Nérac, y después se volvió a París. Tres meses más tarde, el 10 de junio de 1789, llegué yo a la familia. Me llamo Adela de Batz de Trenquelléon y me bautizaron el mismo día de mi nacimiento. Pero el nombre de papá no figura en el acta del bautismo. Su servicio, en efecto, le retenía en París. No iban a tardar mucho en estallar las violencias.

Mis tres primeros años coincidieron con los tres primeros años de la Revolución francesa: los Estados Generales, la asamblea nacional constituyente y la legislativa. El 14 de julio de 1789 fue la toma de la Bastilla; el 31 de agosto, el Rey disolvió el regimiento de los Guardias franceses. Al año siguiente, la constitución civil del clero obligó a los sacerdotes a jurar la constitución o a entrar en la clandestinidad. El 22 de junio 1791, el Rey fue detenido en Varennes y papá decidió exiliarse. Se unió, en noviembre, al príncipe de Condé en el Rin para tratar de organizar la liberación del Rey. Como el intento fracasó se tuvo que marchar a Inglaterra. Mamá, que había permanecido en el castillo con su suegra, y con un tío y dos hermanas de su marido, dio a luz a mi hermano pequeño, Carlos, el 26 de enero de 1792. En 1794 se instaló el Terror en toda Francia. Hubo registros en todas partes, incluido el castillo de Trenquelléon, se confiscaron bienes. Todavía me acuerdo de la llegada de los “sans-culotte” de Nérac. Inmediatamente se pusieron a rebuscar de arriba abajo por todos los rincones del castillo. Mamá nos mandó quedarnos en nuestros cuartos; aterrorizada, yo pregunté a la criada: “¿Qué es todo esto, Úrsula?” “Esta gente viene a llevarse todo lo que encuentren en el castillo” “Pero, bueno, ¡que nos vamos a quedar como el pobre Job!”.

Muy pronto, mamá me inculcó un gran respeto y un profundo amor a los pobres. Un día mamá me enseñó un vestido muy bonito que acababa de comprarme y yo no pude reprimir este comentario: “Mamá, mejor hubiera sido emplear ese dinero en socorrer a algún pobre; me hubiera gustado mucho más” ¡Pobre mamá, que estaba tan feliz por habérmelo comprado! Otra vez, una tía de París me envió dinero, porque sabía que nuestra vida diaria en Trenquelléon no era fácil. Pero mamá, que quería enseñarme a compartir, me propuso que entregara una parte de esa suma para socorrer a algunos prisioneros que se encontraban en Nérac. Sin dudar un momento, le contesté: “¡Dáselo todo, mamá!”. En familia, se hablaba bastante de las carmelitas que la Revolución había obligado a vivir en la clandestinidad. Las admiraba. ¿Me estaba avisando quizás Jesús de algo? Sea lo que sea, empecé a vestir a mi muñeca de carmelita y a menudo me encontraban muy ocupada garabateando supuestos mensajes al sacerdote que iba a venir a visitarlas. Me gustaba la rectitud y no aceptaba que regañaran, en mi opinión injustamente, a mi hermano pequeño; por eso me declaraba culpable inmediatamente. Decían que yo era generosa, llena de compasión por los pobres, y esto se lo debía todo a mamá que me llevaba con ella para visitar a los pobres y a los enfermos de los alrededores. Por el contrario, creo que era impetuosa, tenía un temperamento impulsivo e incluso violento. Ante la menor resistencia me irritaba, pero felizmente mamá y mis tías me vigilaban y, gracias a ellas, poco a poco fui aprendiendo a ser paciente, más comprensiva y tolerante. Toda mi vida, hasta el último momento, tendré que luchar para mostrarme serena y dueña de mí misma. Finalmente el período del Terror se acabó. Con el Directorio, volvió la tranquilidad. Pero muy pronto, el golpe de Estado del 18 Fructidor (4 de septiembre de 1797) devolvió el poder a los jacobinos y se establecieron listas de deportación. De repente con gran estupor se enteró mamá de que su nombre figuraba en ellas. Resultaba necesario marcharse sin dilación ninguna. Y nosotros los niños, ¿qué íbamos a hacer?

 

Exilio y primera comunión 

Cuando mamá volvió a casa, segura ya de que su nombre estaba en la lista de los desterrados, no hubo tiempo que perder: tenía que marcharse, si quería salvar la vida. En cuanto llegó, nos preguntó a mi hermano y a mí: “¡Hijos míos!, ¿Qué queréis: quedaros aquí con la abuela y las tías o venir conmigo?”. Al instante con el mismo ímpetu, contestamos: “¡Nos vamos contigo, mamá!”. A toda prisa reunió mamá algunas cosas, mientras unos amigos nos conseguían un carruaje y emprendimos el viaje hacia España con una doncella, que quiso acompañarnos. Cuando ya habíamos arrancado, me puse a gritar: “¡Facinerosos! ¡Facinerosos! ¡Nos asesinan!” No podía admitir que nos expulsaran de mala manera. Llegados a Pau, se enteró mamá de que disponíamos todavía de un plazo suplementario de veinticuatro horas para salir de Francia. Esto le permitía buscar alguna carta de recomendación. Un buen hombre le dio las señas de un convento de Tolosa, donde un primo suyo era hermano lego. Y llegamos a Tolosa, pero nunca olvidaré en qué condiciones hicimos aquel viaje: el miedo, la angustia, la carencia de todo. Un día, sentí mucha sed y tuve que beber agua de la boina de un mozo de mulas que me la ofreció como si fuera un vaso... En Tolosa, localizamos al hermano lego para el que llevábamos la carta; se mostró muy bien dispuesto y servicial. Logró encontrarnos un alojamiento. Pero las cosas no eran nada fáciles para una mujer sola con sus dos hijos. Felizmente la Providencia velaba, y gracias a un emigrado francés, originario de Nérac, finalmente mamá pudo introducirse en la sociedad de Tolosa. Los días y las semanas transcurrían. En la primavera de 1798, el gobierno español, que primero fue favorable a los emigrados franceses, cambió de opinión y decretó que debían abandonar España so pena de ser deportados a las Islas Canarias. Mamá se quedó consternada. Teníamos que pensar en marcharnos a Portugal. ¡Más viajes...! Papá, desde Inglaterra, seguía muy de cerca la situación. Inquieto, intervino ante el primer ministro de Portugal. Y rápidamente recibimos el permiso para entrar en ese país. Sin embargo, algo que sucedió, puede explicar la angustia y, al mismo tiempo, la fe de mamá. A la primera lectura de la carta de papá, en la que le daba cuenta de sus gestiones, creyó que habían sido infructuosas... En seguida mamá se puso a invocar al Espíritu Santo. Después, más serena releyó la carta y se dio cuenta de su error. Desde ese día, mamá invocaba siempre al Espíritu Santo antes de emprender algo.

Nos instalamos en Braganza. Hanía bastantes sacerdotes franceses exiliados, contentos de saber noticias de Francia. En su opinión era bastante difícil encontrar un alojamiento en Braganza. Ahora bien, antes de que hubiéramos hecho alguna gestión, nos llegó un ofrecimiento de una casa amueblada. Este ofrecimiento venía acompañado de una invitación a comer. La vida en Portugal, gracias a la intervención del primer ministro portugués, estaba resultando más fácil. Al cabo de algunos meses, finalmente en julio, pudo papá reunirse con nosotros. En Braganza, Carlos y yo tuvimos la alegría de acoger a una hermana pequeña: Deseada. Su bautizo se celebró en la Catedral de Braganza el 12 de junio de 1799. Con el tiempo, las disposiciones del gobierno español respecto a los emigrados evolucionaron y pronto nos permitieron pensar en trasladarnos a algún lugar más cercano de Francia. Así pues, pudimos establecernos en San Sebastián en el otoño de 1800. Me gustaba acompañar a mamá a rezar en las carmelitas, cuyo convento no distaba mucho de la iglesia de Santa María, donde también íbamos. La víspera de Navidad, fui con mamá a la iglesia; ella se fue a confesar y yo quise hacerlo también. Con gran sorpresa por mi parte, el sacerdote me invitó a hacer mi primera comunión al día siguiente; me cogió totalmente desprevenida y yo quería con toda mi alma prepararme bien a recibir a mi Señor. Nuestro diálogo estaba subiendo de tono; mamá se acercó al confesionario y el sacerdote salió para hablar con ella. Entonces, le explicó que en España el confesor decidía en qué momento un niño podía hacer su primera comunión y que él pensaba que yo estaba bien preparada. Pero por mi parte, seguí manteniendo que quería disponer mi corazón para este encuentro. Finalmente logré que se me concediera un plazo de algunos días: mi primera comunión sería en la fiesta de la Epifanía. ¡Qué felicidad! Durante esos días iba a hacer todo lo que pudiera agradar a Jesús para que él se sintiera a gusto dentro de mí. Lo amaba tanto que no quise hacer las cosas a medias. Llegó el día de la Epifanía, ¡qué alegría! El 4 de noviembre de 1801 abandonamos San Sebastián. Quise quedarme en España para hacerme carmelita. Mis padres no lo permitieron, pero mamá me prometió que, cuando tuviera edad para ingresar en el Carmelo, si éste no se hubiera restaurado en Francia, me acompañarían a España. Confiando en esta promesa, acepté marcharme con ellos. Llegamos a Trenquelléon el 14 de noviembre; de allí nos habíamos ido hacía ya más de cuatro años mamá, Carlos y yo. Papá hacía mucho más tiempo. Nunca podré olvidar lo que vi por el camino de vuelta: iglesias de muchos pueblos convertidas en graneros o en cobertizos, con las aves de corral sueltas, las estatuas mutiladas, la miseria presente en todas partes... Al llegar al castillo, qué alegría poder encontrar a los que habíamos dejado. Pero me quedé un poco triste, la abuela ya no estaba, había ido a unirse con los suyos junto al Señor.

 

 La confirmación: Espíritu Santo y misión

 

             Poco a poco, la vida volvió a su ritmo normal en Trenquelléon... Había mucha penuria a nuestro alrededor. Mamá la aliviaba como podía. A menudo la acompañaba en sus visitas a los enfermos o a los que vivían solos. Al castillo venían pobres a pedir algo que comer. Con mamá, aprendí a atenderles. Nos había enseñado siempre a compartir. También daba catequesis a los niños del pueblo. ¡Cuánto me gustaba ver cómo descubrían esos niños a Jesús y a María! También aprendían a rezar con mamá. Pero yo no me olvidaba de la llamada de Jesús: ser carmelita. En 1802 llegó al castillo el señor Ducourneau, que se estaba preparando para ser sacerdote en el momento de la Revolución; venía para ocuparse de la educación de Carlos. Siguiendo los consejos de mamá, le pedí que me hiciera un reglamento de vida, para que, llegado el momento, pudiera yo responder a la llamada del Señor. Ese reglamento me invitaba a hacer media hora de meditación por la mañana y por la tarde, a la misa diaria, a la lectura, al rezo del rosario... Al final añadí: Tomo la resolución de aplicarme principalmente a la práctica de la humildad, de la mansedumbre, de la obediencia; de renunciar a mi propia voluntad; en fin, de aplicarme a la práctica de todas las virtudes, en particular de aquellas que me son más necesarias para mi estado actual y para el Carmelo. Un día mamá me comunicó un proyecto de monseñor Jacoupy, el nuevo obispo de Agen (porque la sede episcopal de Agen estuvo vacante durante varios años, con motivo de la Revolución): quería proponer el sacramento de la confirmación a todos aquellos, jóvenes o menos jóvenes, que lo desearan. Acepté esta invitación con alegría. Pero yo insistía en que debía prepararme lo mejor posible a la venida del Espíritu Santo. Sabía que las carmelitas continuaban viviendo en Agen, escondidas en un apartamento, porque el Carmelo todavía no se había restablecido en Francia. Dije a mamá que deseaba convivir algún tiempo con estas religiosas para disponerme a recibir este sacramento. Y me encerré en el Carmelo durante seis semanas, participando en todas las actividades de estas religiosas. Con ellas, descubrí más profundamente la oración, ese encuentro personal con el Señor, la intensidad del silencio, su amor por santa Teresa y san Juan de la Cruz. Además, me gustaba a las tres de la tarde, cuando tocaba la campana y todo se detenía, que cada una donde estuviera se trasladara en espíritu al Calvario, con María y Juan: era el momento de unirse al amor de Aquél que dio su vida por sus amigos, por mí.

             El gran día de la confirmación fue el 6 de febrero de 1803. Después de la celebración, el obispo nos invitó a almorzar. Me encontré a lado de Juana Diché, una joven un poco mayor que yo. Nos presentamos y empezamos a hablar, a charlar amigablemente. Simpatizamos inmediatamente. Papá se dio cuenta de lo feliz que yo estaba con la joven que acababa de encontrar y propuso al señor Diché, que vivía en Agen, que enviara a su hija a pasar alguna temporada en el castillo durante las vacaciones. Yo estaba percibiendo que comenzaba una sólida amistad, trabada en el Espíritu que acabamos de recibir. Antes de separarnos, nos prometimos mutuamente que nos escribiríamos. Queríamos intercambiar noticias, no de cotilleos sin importancia, sino de nuestra vida cristiana. Al escribirnos pretendíamos estimularnos en la oración, en la vida de fe, y también en la misión. ¿Acaso no había transformado el Espíritu Santo a los apóstoles? Al salir del Cenáculo, fueron otros hombres: de cobardes y tímidos que eran antes se habían convertido en audaces y valientes, dispuestos a mantener la fe en Jesucristo, aun a riesgo de perder su propia vida. Acabábamos de recibir el Espíritu Santo: ¿qué podíamos hacer allí donde estábamos para que Jesucristo fuera conocido, amado y servido? El señor Ducourneau me estaba guiando con mucha habilidad. A menudo me insistía para que contemplara, no un Dios que premia y castiga, sino un Dios todo Amor, todo misericordia, un Dios Padre. Efectivamente se había dado cuenta en seguida de que yo tenía una cierta inclinación al escrúpulo. Entonces, con gran bondad me prohibió volver a empezar una oración o una lectura que yo considerara que había hecho mal. Me abría a la libertad del amor, un amor que se traducía en el servicio a los pobres, a los niños, a los enfermos. Practicando lo que había aprendido con mamá, me dedicaba a bordar, a coser y a criar algún animal y todo lo que podía ganar de esta manera engrosaba la caja de los pobres. No sé lo que sucedía, pero a pesar de todo mi empeño, estaba casi siempre vacía; hacía falta que el Espíritu Santo me hiciera más ingeniosa para descubrir sin cesar nuevos medios de reunir dinero. Para mí misma, no gastaba más que lo imprescindible, ¡había tantas pobrezas que aliviar! Un día, papá me trajo un cerdito, que había comprado con la caja de los pobres, para que lo criara. Pero al día siguiente el animal cayó enfermo. ¿Qué había pasado? Parece ser que en el abrevadero del cerdo había veneno destinado a las ratas. En todo caso, el pobre animal murió y yo no tenía dinero para comprar otro. Ante mis lágrimas y mi desconcierto, papá se conmovió y me trajo un nuevo animal. ¡Cuidado con el veneno esta vez! La vida transcurría así... Poco a poco me di cuenta de que mi corazón se estaba haciendo más sensible a los múltiples desamparos con los cuales me encontraba en contacto. Amor a Cristo y amor a los pobres: era lo mismo.

 

Unirse para vivir el Evangelio

             Durante el verano de 1804, Juana Diché vino a pasar algunas semanas de vacaciones en Trenquelléon. ¡Qué alegría poder compartir lo que más nos interesaba, poder rezar juntas, en una palabra, reavivar aquello a lo que nos sentíamos llamadas a raíz de nuestra confirmación, hacía año y medio! Debíamos conservar muy viva la memoria de un día tan feliz para nosotras. ¿Acaso no fue el día en que el amor del Padre y del Hijo que es el Espíritu Santo descendió sobre nosotras? Tanto una como otra ardíamos en deseo de hacer conocer y amar a Jesús. Además veíamos en torno nuestro a jóvenes de nuestra edad que morían. ¿Cuánto tiempo tendríamos para prepararnos al encuentro definitivo con Dios? A menudo hablábamos de todo esto con el señor Ducourneau. ¡Qué bien nos escuchaba y nos comprendía! Un día, de pasada, nos lanzó la idea de una asociación. Sí, ¿por qué no unirnos para ayudarnos a vivir de la fe, del amor a Dios, y a tener así nuestra lámpara bien surtida para acoger el Esposo cuando viniera? Nos encantó tal sugerencia y al instante decidimos comenzar los tres. Y de esta manera constituimos la “Pequeña Asociación”, cuya palabra de reunión era “Dios mío”, palabra que nos recordaba que estábamos aquí para amar a Dios y a nuestro prójimo. En nuestra asociación, poníamos todo en común, sabiendo que podíamos contar los unos con los otros para progresar en el camino al que el Señor nos llamara. En cuanto volvió a Agen, Juana se dedicó a hablar de nuestra “Pequeña Asociación” con sus amigas y con sus hermanas, en particular con Águeda. Por su parte, el señor Ducourneau fue a pasar algún tiempo en familia, a las Landas, y lo aprovechó para encontrar nuevas asociadas. Para mantener la llama, Juana y yo escribíamos cada semana una breve carta que circulaba entre los miembros de la asociación. Comentábamos una fiesta litúrgica, recordábamos la importancia de la preparación a los sacramentos, especialmente a la comunión, intentábamos imitar a la Virgen María. Celebrábamos el aniversario de nuestro bautismo. ¡Ahí empezó toda nuestra vida de unión con el Señor! Proponíamos también intenciones de oración por nuestras asociadas, por las personas de nuestro entorno, enfermos o personas en dificultad. Rezábamos también por la conversión de los protestantes.

             En abril de 1805, Juana se casó con el doctor Belloc. Mi amiga permaneció como miembro de la asociación, pero, ante sus nuevas ocupaciones, me dejó con la entera responsabilidad. Cada semana, yo escribía para que no decayera el fervor; debíamos intentar ganar más almas para Jesucristo. Si amáramos de verdad a Dios, los intereses de su gloria nos serían muy queridos. Personalmente, experimentaba en mí misma que el que no avanzaba retrocedía. Por eso, animaba, interpelaba, invitaba a la confianza y todo esto me ayudaba a progresar. Lo que me daba seguridad era la comunión que existía entre los miembros de nuestra Asociación, que se beneficiaba también de la oración y del ofrecimiento de algunos sacerdotes, que habían querido unirse a nosotras. Entre ellos estaba el P. Miquel, ese “santo misionero” que vino a predicar en 1805 la misión en Agen. Él no nos olvidaba. Además ¿no bendijo nuestra Asociación monseñor Jacoupy, el obispo de Agen, en el momento de su primera visita a Feugarolles en septiembre de 1805? Cuando el señor Ducourneau tuvo que dejar Trenquelléon para acompañar a Carlos a París con motivo de sus estudios, nuestra “Pequeña Asociación”, nacida bajo su inspiración, pasó bajo la dirección del P. Larribeau, párroco de Lompian, que se había hecho también miembro. A partir de 1807, empezó este último a celebrar regularmente la misa del primer viernes de mes por nuestras intenciones. ¡Una gran gracia! También él escribía para exhortar y estimular nuestro celo y sus cartas pasaban de mano en mano. De vez en cuando venía al castillo. Era el momento para un retiro con las asociadas que podían venir. Por mi parte tenía mucha confianza en él y todos los años iba a estar con él en Lompian para hacer un retiro personal. Nuestro grupo era muy activo. Cada una trabajaba en su sector y reclutaba amigas. En 1805, éramos siete, al principio del año 1807, veinticuatro y al final de 1808, llegábamos a sesenta. Los pobres en nuestro entorno eran tan numerosos que teníamos que multiplicar los servicios para atender a sus necesidades. Había enfermos, personas mayores, niños que no podían ir a la escuela, ni a la catequesis, y que tampoco tenían entretenimientos. Entre esos muchachos sin recursos, conocí a Dubrana: quería ser sacerdote, pero sus padres carecían totalmente de medios para comprar su equipo de ropa y para pagar sus estudios. Decidimos hacernos cargo de él. En nuestras cartas, hablábamos de él y cuidábamos de que tuviera todo lo que necesitaba para poder terminar su formación. Estábamos seguras de que nuestra “Pequeña Asociación” no había brotado por sí sola, por eso nos manteníamos muy atentas para cooperar con los designios de Dios sobre nosotras. Yo recurría a menudo a la protectora de nuestra asociación, la Santísima Virgen. ¡Es tan poderosa ante su Hijo, y además éramos sus hijas particulares!

 

La Congregación de Burdeos 

 

             Durante el verano de 1808, tuve la alegría de acompañar a mamá por algún tiempo a Figeac, en el Lot, a casa de mi abuela, la condesa de Peyronnencq. ¿Quizá podría conquistar alguna nueva asociada? Antes de marcharnos de Figeac, mamá fue a hacer una visita a sor Gertrudis, una religiosa que conocía desde su infancia. Allí encontró al señor Lafon. En el curso de la conversación, mamá habló de lo que estaba viviendo la “Pequeña Asociación” en el Agenesado. El señor Lafon, muy interesado, le hizo algunas preguntas, y después manifestó que él mismo era miembro de una Congregación fundada, en 1801 en Burdeos, por el P. Chaminade. Encontró bastantes semejanzas entre los dos grupos y pensó que tendríamos sumo interés en afiliarnos a la Congregación. Propuso hacerme llegar la documentación. En cuanto mamá volvió, me informó sobre este encuentro, que yo juzgué completamente providencial. Una vez que estuvimos en Trenquelléon, me apresuré a comunicar esta noticia al P. Larribeau, y me enteré con gran gozo de que este último se había inscrito ya hacía años entre los sacerdotes de la Congregación de Burdeos. Me animó vivamente a entrar en contacto con el P. Chaminade, lo que hice sin tardar. Por su parte, el señor Lafon habló de nosotras en Burdeos. En noviembre, durante un largo tiempo, me vi metida en una grave prueba. Mis padres me comunicaron que un joven, distinguido y respetable en todos los niveles, deseaba casarse conmigo. Y me hundí en un profundo desasosiego: ¿qué debía hacer? Mamá se callaba y rezaba; no quería influir para nada en mi respuesta. Ante mi vista estaba el ejemplo de Juana, ahora señora de Belloc, mi amiga de los primeros días, la fundadora de nuestra asociación. Era una esposa feliz y una madre de familia entregada que continuaba muy activa en nuestra “Pequeña Asociación”. Sí, ¿qué debía hacer? Podría decir que sí, pero ¿no esperaba el Señor otra cosa de mí? Yo rezaba, pedía consejo y finalmente la víspera de la fiesta de la Presentación de María, pude “decir positivamente que no a ese matrimonio que me proponían”. Algunos días después, recibí una larga carta del P. Chaminade que me explicaba la organización y las prácticas de los diferentes grupos de la congregación. Su carta venía acompañada del libro de la asociación, el Manual del Servidor de María. ¡Qué feliz me sentí! ¡Todas esas oraciones, esas magníficas instrucciones, esos bellos cantos en honor de María!

             Muy rápidamente nuestra “Pequeña Asociación” se afilió a la tercera división de la congregación, es decir a la de las jóvenes. El grupo de Burdeos nos acogió con gozo. Por nuestra parte, nos alegramos de que otros tuvieran el mismo ideal y apreciamos mucho encontrar orientaciones definidas. Descubrimos con entusiasmo la consagración a María, que hacían los miembros de la congregación en el momento de sus compromisos. En el colmo de la alegría escribí a Águeda: Es preciso ser santas a toda costa. Imploremos sin cesar la ayuda de la Santísima Virgen... Hagámosle el don de nosotras mismas con la consagración que hay en el “Manual del Servidor de María”; exhorta a todas nuestras hermanas a hacerlo a menudo. Liberada por el no que había dicho al posible casamiento con todo conocimiento de causa, mi corazón se destinaba en adelante totalmente para Dios. Enriquecimos nuestro reglamento con nuevos artículos para llegar a una mayor conformidad con Burdeos. Las madres de familia se unieron a la cuarta división, la de las “Damas del retiro”, llamadas así, porque hacían un día de retiro al mes. Mamá fue la primera en afiliarse. Se estableció regularmente la correspondencia entre Burdeos y Agen. El P. Chaminade encargó a la señorita Felicidad Lacombe que nos acompañara más particularmente. En cuanto al P. Larribeau, al que conocía muy bien el P. Chaminade, continuó su misión con nosotras. Todas, desde el sitio en que estábamos cada una, hacíamos todo lo posible por compartir lo que recibíamos. En el castillo yo reunía mi pequeña escuela: los pastorcillos, los chiquillos de los caseríos llegaban a cualquier hora; entonces yo dejaba todo para dedicarme a enseñarles a leer, a escribir, a hacer cuentas y también a rezar. ¡Cuánto bendije a Dios por darme esa felicidad de lograr que esos niños lo conocieran y amaran! En el otoño de 1809 caí gravemente enferma. Al cabo de seis semanas me restablecí, pero me quedó en el fondo de mi conciencia un sentimiento de la precariedad de la vida. Teníamos que esforzarnos en aprovechar bien el tiempo, porque no sabíamos lo que iban a durar nuestros días. ¡La muerte no perdonaba ninguna edad; yo tenía veinte años y estuve a punto de pagarle el tributo! Me enteré de que el Emperador había suprimido por decreto todas las asociaciones piadosas, que, según su gusto, eran demasiado favorables al Papa. La Congregación caía dentro de esta decisión, teníamos que actuar con mucha prudencia. En octubre de 1811, cuando papá fue a París para hacer una visita a Carlos, se sintió indispuesto. Volvió a casa enfermo. Poco a poco fue quedando inmovilizado, debido a una parálisis lenta y sin esperanza de mejoría. ¡Pobre papá! Yo hacía todo lo posible por aliviarlo. ¡Cómo me gustaba que me llamara “su fiel Antígona”! En el mes de octubre de 1812, tuve la dicha de pasar unos día con la señora Belloc en Saint Avit. Esperaba hacer algunas conquistas para nuestra división y para la de las Damas del retiro. El ejemplo de los santos nos estimulaba. En cuanto volví a Trenquelléon, me enteré de que el doctor Belloc había caído enfermo. Muy servicial, se había entregado sin contar y sin tomar precauciones. Contagiado por la epidemia reinante, murió el 14 de noviembre. ¡Qué impenetrables eran los designios de Dios! Nos debíamos preparar a llegar a la meta, porque, más pronto o más tarde, llegaríamos.

 

El "querido proyecto" 

             Nuestra Asociación prosiguió su camino hasta que finalmente en julio de 1813, el P. Chaminade pudo delegar sus poderes al P. Laumont, párroco de santa Redegunda, para que nos admitiera oficialmente en la Congregación. En cuanto me lo comunicaron, invité a todas las asociadas a prepararse, con el máximo fervor posible, a esta gloriosa alianza que íbamos a contraer con María. Por su parte, papá no estaba bien; el médico pensaba que una cura de aguas en Barèges le sentaría bien. Mamá y él decidieron ir y me dejaron como guardiana del castillo. Águeda se vino conmigo. Las dos juntas tuvimos tiempo de ir a Lompian con el P. Larribeau. ¡Qué alegría! Cuando se fue Águeda, fue la señora Belloc la que vino, esperando la vuelta de mis padres. En otoño, se casó Carlos y se instaló con su joven esposa en el castillo.

             El deseo de consagrarme por entero a la misión crecía cada vez más en mí. Es verdad que papá, por el momento, necesitaba mis servicios, y además todavía no se habían restablecido en Francia las congregaciones religiosas. Pero yo aspiraba al título de “esposa de Jesucristo”; en eso consistía toda mi felicidad. Algunas asociadas compartían también esa llamada a la vida religiosa. Desde hacía algún tiempo, llevaba en mi pecho una crucecita. Para mí, era el signo de mi pertenencia a Jesucristo y de mi deseo de hacer su voluntad en todas las cosas. Algunas amigas, entre ellas Águeda, hicieron lo mismo. En 1814, se derrumbó el Imperio y llegó el tiempo de la Restauración. En casa, estaban contentos. En el mes de abril, fui a Port Sainte Marie para ver pasar al duque de Angulema. ¡Qué alegría tuve al ver pasar a este príncipe, pero mucho mayor era la alegría de conocer a nuestro Dios! Los días 13 y 14 de junio, nos encontramos en Lompian en torno al P. Larribeau para hacer dos días de retiro. Compartimos todas nuestro deseo de consagrarnos a Dios y después de las instrucciones que nos dio, tomamos un nombre de religión. Yo me convertí en María de la Concepción. ¡Qué felicidad tuve al llevar el nombre de María, la que dijo sí! Gracias a ella, el Verbo de Dios asumió nuestra carne. ¡El Hijo de Dios pudo llegar a ser el hijo del hombre!

             Nuestro “querido proyecto” progresaba. Todas ardíamos en deseo de llegar a ponerlo en práctica. Un mes después, los padres Larribeau y Laumont vinieron a pasar dos días en Trenquelléon. Hablamos de nuestro “querido proyecto” y vimos juntos lo que convenía hacer para mantener los corazones y las voluntades bien dispuestos a realizarlo en cuanto fuera posible. El P. Larribeau no se sentía capaz de redactar nuestras constituciones y pidió al P. Laumont que se encargara de ello. Éste elaboró un borrador que envió al P. Chaminade. Muy atento a los signos de los tiempos, deseoso de conocer la voluntad de Dios, éste lo tomó con paciencia. Yo me inquieté, al no recibir noticias. Sin embargo, le había escrito, pidiéndole empezar el noviciado en diciembre con algunas amigas. ¡Pero siguió el silencio! La respuesta tan esperada llegó al fin, el borrador de constituciones era muy imperfecto, había que rehacerlo. Obtuvimos, sin embargo, el permiso para hacer por seis meses el voto de castidad en la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Desde entonces hasta la  fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, el P. Chaminade pensaba que podría enviarnos un texto que nos permitiera comenzar un noviciado en regla. Me pareció que, para manifestar el compromiso que acabábamos de tomar, debíamos llevar un anillo de plata, para que no fuera excesivamente caro. Se lo comuniqué a Águeda y le pareció bien, así que nos procuramos ese signo, símbolo de nuestra pertenencia a Jesucristo.

             En la primavera, papá empeoró a ojos vistas; sufría mucho. Por eso, aunque mis amigas me impulsaban a ir a Burdeos para encontrar al P. Chaminade, tuve que renunciar: mi puesto estaba en la familia, ¿no es verdad? Repentinamente Napoleón desembarcó en el golfo Juan y comenzó la aventura de los “cien días” que frenó todos nuestros proyectos. Papá ya no podía hablar y sufría. Nos comunicábamos todavía por la mirada, pero ¡qué duro era ver sufrir a los suyos! Tuvo una paciencia extraordinaria... El 18 de junio, al comenzar la tarde se reunió con el Señor. Ya me quedaba libre para realizar el proyecto de Dios, pero el P. Chaminade no daba signos de vida. Los padres Larribeau y Laumont, y hasta monseñor Jacoupy, el obispo de Agen, nos animaban a seguir. A mediados de agosto, pasé una quincena en Agen con Águeda. Rezamos, meditamos, compartimos nuestras reflexiones sobre nuestro futuro.

             Finalmente el 3 de octubre, el P. Chaminade precisó el fin que nos propondríamos y terminaba con estas palabras: Vuestra comunidad estará enteramente formada por religiosas misioneras. Precisamente eso queríamos, ¡era maravilloso! Unas semanas después, nos anunciaba que nuestras constituciones estaban terminadas y que contaba con venir en enero para instalarnos. Esta vez nos cogió de sorpresa y no nos sentíamos preparadas: no teníamos local, no habíamos visto las constituciones. El P. Chaminade retrasó su viaje. La señora Belloc llegó a saber que el viejo convento del Refugio estaba en alquiler y se ocupó de arrendarlo y acondicionarlo. En ese momento, varias amigas de echaron atrás y hasta yo misma me vi tentada de abandonar. Mamá rezó y me sostuvo en silencio con intenso afecto. Felizmente no duró mucho. Finalmente, el 25 de mayo de 1816, a las cuatro de la mañana con tres amigas que se habían reunido conmigo, dejábamos Trenquelléon. Hacía las nueve, llegábamos al Refugio, donde encontramos a otras dos futuras religiosas, así como a la señora Belloc.

 

Las "Hijas de María"

             Apenas llegamos al Refugio, cantamos un himno acción de gracias. Papá me había dicho a menudo: “¡Adela, tú serás fundadora! Pensé en él. El P. Chaminade no pudo venir, pero envió a la señorita de Lamourous, fundadora de la Misericordia de Burdeos, con la misión de iniciarnos en la vida religiosa. El mismo día de nuestra llegada, fuimos a presentarnos a monseñor Jacoupy, que se alegró mucho de recibirnos en su diócesis. Al día siguiente, vino a visitarnos en nuestro pequeño convento. El P. Chaminade llegó el 8 de junio. Trajo el texto de nuestras constituciones y hasta el mes de julio tuvo tiempo de presentárnoslo y de explicárnoslo para inculcarnos el espíritu del Instituto. Antes de volverse a Burdeos, después de haber consultado a la señorita de Lamourous en quien tenía total confianza, me confió la responsabilidad de la naciente joven comunidad. Hubiera preferido que fuera otra, pero ¿acaso no había llegado yo hasta aquí más que para cumplir la voluntad de Dios? Muy pronto, dos puntos de vista diferentes opusieron a monseñor Jacoupy y al P. Chaminade. El obispo se quedaba muy conforme con que hiciéramos sólo votos temporales, pero el P. Chaminade quería que fuéramos verdaderas religiosas con votos perpetuos, lo cual exigiría la clausura. El tiempo pasaba... Finalmente el obispo nos permitió vestirnos con el hábito religioso el día de Navidad.

             Y solamente el 25 de julio de 1817, a las nueve de la noche, en una ceremonia privada y en el secreto del confesionario (por orden de monseñor Jacoupy que temía las represalias de un gobierno muy reticente con respecto a la vida religiosa), una tras otra nos comprometimos para siempre en el Instituto de las Hijas de María. Éramos nueve. Una novicia emitió sus primeros votos y dos días más tarde, el P. Chaminade tuvo la alegría de presidir la toma de hábito de dos postulantes. Desde los primeros días dimos un lugar de privilegio a la Congregación: se organizaron muy rápidamente las Damas del retiro, las jóvenes y las criadas. Me ocupé de las jóvenes, ayudada por la madre Emanuel. La señora Belloc, que continuaba muy vinculada a la comunidad y compartía nuestra oración, se encargó de las Damas del retiro. Animábamos a las congregantes a ser misioneras, cada una según su estado, con su familia, con sus amigas, con sus vecinas... Las congregantes daban catequesis, preparaban a la primera comunión, instruían a las pobres en sus casas, iban a hacer la lectura a los enfermos, visitaban a los prisioneros, organizaban juegos para los niños, prestaban libros...Siguiendo la consigna del P. Chaminade, que nos invitaba a multiplicar cristianos, intentaban formar testigos vivos de la Buena Noticia. Nosotras nos esforzábamos en mantenernos muy próximas a todas esas jóvenes. Ellas tenían mucha confianza en nosotras, que les manifestábamos un profundo afecto.

             Sor San Vicente se ocupaba de las clases. Efectivamente, antes de nuestra llegada, contrariamente a lo que se nos había dicho, nos enteramos de que las niñas pobres de Agen no estaban escolarizadas. Entonces, de acuerdo con el P. Chaminade, abrimos inmediatamente unas clases gratuitas para esas niñas. Había que ver la alegría de aquellas niñitas que venían a aprender a leer, a escribir, a hacer cuentas... y que además aprendían a conocer y amar a Jesús y a María. Teníamos cada vez más peticiones. Sor Ana admitía a chicas un poco mayores para darles una formación profesional. Sor San Vicente conocía bien a las gentes del campo, a las pobres, y hablaba su dialecto; podía reunir a las mendigas que no tenían ninguna formación y habían llevado a menudo una vida muy desordenada. Les hablaba en su dialecto, les ayudaba financieramente, y también les hacía descubrir a Cristo y a su Madre. Preparó a algunas a la primera comunión y a la confirmación. Tenían 40, 50, 60 años... Esas pobres mujeres tenían una confianza extraordinaria en ella. La madre María del Sagrado Corazón (Águeda), ayudada por la madre Teresa, se ocupaba de la formación espiritual de las novicias, y la madre Emanuel les enseñaba la lectura, la escritura, la música, la gramática. El P. Chaminade quería que las novicias recibieran una sólida formación.

             La madre Espíritu Santo, que era algo mayor, estaba en la recepción. Tenía la preocupación de la observancia de la Regla. No había que prolongar demasiado las visitas en los locutorios, ni multiplicar las entrevistas con las ejercitantes. Cuidábamos con toda atención a las ejercitantes. Las madres de familia venían regularmente a hacer ejercicios, en grupo o solas. Felizmente, yo sentía al P. Chaminade, al “Buen Padre” como nos gustaba llamarlo, muy próximo. Seguía todo lo que hacíamos. Nos acompañaba, como un padre, en toda nuestra vida. A menudo yo le consultaba, ¡me sentía tan necesitada! Pero el Señor estaba ahí y yo contaba siempre con él. Yo tenía especialmente la preocupación de la comunidad. Era tan importante que no tuviéramos más que un solo corazón y una sola alma. Éramos tan diferentes, por la edad, por el origen familiar, por la formación... Debíamos formar una sola familia, la Familia de María. ¡Nuestro amor al Bienamado debía ser cada vez más generoso, nuestro dinamismo apostólico no debía disminuir, había que caminar por la senda de los santos, hacernos santas al precio que fuera!

 

Correspondencia entre dos fundadoras 

             En 1809, cuando yo estaba de vacaciones en casa de mi abuela en Figeac, había oído hablar de Emilia de Rodat y hubiera querido ganarla para nuestra “Pequeña Asociación”. Pero no lo pude hacer, y he aquí que 1819, me enteré por medio de mamá, que había contribuido a fundar un instituto religioso en Villafranca de Rouergue. Me alegré en seguida, porque todo lo que podía servir para la gloria de Dios me interesaba profundamente. Y escribí a la madre Emilia para pedirle que nos uniéramos por la oración. ¡Era tan importante la comunión de los santos! ¡Constituía un apoyo tan grande! Le expuse después detalladamente lo que estábamos haciendo con las Congregaciones, pensando que esa obra tan fecunda se podría seguramente fundar también en Villafranca. Entusiasmada, llegué a hablarle también de las Congregaciones de los hombres, aunque nosotras no nos ocupáramos de ellas, pero su capellán podría quizá entrar en contacto con el P. Chaminade. Terminé mi carta constatando que las actividades que teníamos eran muy semejantes a las de Villafranca.

             La madre Emilia asintió inmediatamente a esta sugerencia y menos de dos meses más tarde de este primer contacto, ya estábamos considerando una unión entre nuestros dos institutos. El P. Chaminade recibió un correo del P. Marty, al que debía enviar nuestras constituciones. La madre Emilia me comunicó las preocupaciones que le ocasionaban la salud de sus hermanas. ¡La comprendí muy bien, porque yo estaba también agobiada por la salud de algunas de mis hermanas y especialmente de la madre Emanuel! Le dije lo que habíamos decidido hacer por sor Emanuel y le propuse que hiciera con su comunidad algo parecido por la hermana que tenían gravemente enferma, pero que consultara con su superior. Yo estaba recibiendo mucho con esta correspondencia. ¡Teníamos tan gran necesidad, una y otra, de las luces del Espíritu Santo para cumplir con la misión que el Señor nos había confiado! Sabíamos que podíamos apoyarnos mutuamente. ¡Era una gran gracia! Yo le escribía con toda confianza.

             Algunos meses después, llegó a precisarse más una unión entre las dos comunidades. Le envié a la madre Emilia una muñeca vestida con nuestro hábito. Le insistía que debía velar por la salud de sus hermanas y, aunque era consciente de mis flaquezas y mis desánimos, le decía que debíamos ser luz de nuestras comunidades por el buen ejemplo. Nuestras hijas debían encontrar siempre nuestro corazón abierto a todas sus necesidades, dispuesto a sostenerlas en sus debilidades, haciéndonos todo a todas para que ellas se unieran a Jesucristo. Yo la animaba y le pedía que me ayudara con sus consejos. Para progresar en el proyecto de unión, le propuse, de acuerdo con nuestros superiores, que nos hiciéramos mutuamente una visita.  El P. Chaminade exigía sin embargo, a causa de nuestra clausura, que empezara Villafranca. Esto me contrariaba, pero yo adoraba los designios de Dios. Invité, pues, a la madre Emilia que viniera lo más pronto posible; todas la estábamos esperando y para nosotras poderla acoger próximamente era una verdadera fiesta. Encomendé a sus oraciones nuestro próximo traslado del Refugio al convento de los Agustinos y también nuestra nueva fundación en Tonneins. Al mismo tiempo me enteré con gran agrado que habían establecido en Villafranca la obra de las Congregaciones. Suponía más trabajo pero era también una fuente de consuelo.

             Finalmente, en julio de 1822, el P. Chaminade vino a predicar un retiro en Agen. La madre Emilia, una de sus hermanas y el P. Marty se reunieron con nosotras durante algunos días. ¡Qué alegría por una y otra parte! De vuelta a su comunidad, la madre Emilia informó sobre todo lo que había vivido entre nosotras y aportó precisiones al proyecto. Al poco tiempo, me escribió que, por miedo a perder a su Superiora, sus hermanas se habían mostrado reticentes al proyecto de fusión. Había que renunciar. Confieso que esto me costaba mucho, pero hice este sacrificio a mi Dios. Continuamos no obstante escribiéndonos: nos contábamos las enfermas que teníamos, el desarrollo de nuestra misión, las nuevas fundaciones, pero también las dificultades que encontrábamos en el acompañamiento de las personas. También le decía a la madre Emilia que teníamos que rezar mucho, actuar con gran serenidad, saber sacrificar lo que no era absolutamente esencial, y a veces entretener a las hermanas procurándoles, sin parecerlo, ocupaciones de su agrado. Nuestra correspondencia se espació, no porque no le diéramos importancia, sino porque empecé a tener achaques de salud. Madre Emilia también los tuvo y además tanto por una parte como por la otra hubo nuevas fundaciones y muertes de religiosas, novicias o hermanas, con las cuales contábamos para nuestras misiones. ¡Qué duro era vivir cuando se veía todo el bien que se podría hacer y se sentía cruelmente la falta de personal! Y, sin embargo, nuestro Instituto era cada vez más sólido al estar fundado sobre la cruz. Sabíamos una y otra que los vínculos que nos unían en el Corazón de María no se podían romper. Las dos confiábamos mucho en la oración, nos estimulábamos en reavivar nuestros ánimos en las dificultades de nuestro cargo y trabajábamos por llegar a ser santas. Sí, no teníamos más deseo que ése: entregarnos totalmente para gloria y honor de nuestro Esposo. Había hecho tanto por nosotras, que no le podíamos negar nada.

 

Ir hasta los confines del mundo

             El 6 de septiembre de 1820 dejamos el Refugio para trasladarnos a los “Agustinos”. El Refugio, una propiedad rodeada por ambos lados por una alcantarilla a cielo abierto, era bastante insalubre. Era imposible además hacer ampliaciones. En los “Agustinos” había una hermosa huerta y sería un lugar mucho más beneficioso para la salud de las hermanas. Al día siguiente del traslado, salimos para Tonneins con seis hermanas, acompañadas por el P. Chaminade. Tonneins estaba situado al borde del río Garona a unos 40 kilómetros de Agen. En esa ciudad había un buen número de protestantes. Cuando se trató de adquirir la propiedad, el señor Lacaussade que actuaba en nuestro nombre encontró muchas dificultades: la dueña, que era protestante, no quería venderla a una comunidad católica. Un motivo para bendecir a la Providencia era ese campo abierto al espíritu misionero del Instituto. Puse ese gran proyecto bajo la protección particular de san Francisco de Sales, el apóstol de Ginebra. En esa ciudad, los protestantes tenían escuelas para chicos y chicas y enseñaban muy bien, por eso eran una tentación para que los católicos descuidados les confiaran sus hijos. Las hermanas iban a realizar una buena labor. Apenas habían comenzado su misión, y ya otras ciudades nos estaban reclamando. En 1822, después de la fundación de nuestros hermanos en Alsacia, se nos llamó desde allí, pero este proyecto no se llevo a cabo. Era muy lejos y no teníamos personal. Deseando ver a su hija más cerca, los padres de Carlota (Lolotte) de Lachapelle nos propusieron comprar el hospital y el santuario de Piétat en Condom, donde habitaban. Había un cierto número de congregantes muy activas, que conocían muy bien a Lolotte. Ellas prepararon nuestra llegada. Se alegraron mucho de ver que una de nuestras comunidades se iba a establecer allí. Como yo había ido tantas veces a Condom, conocía muy bien a esas congregantes. Por eso llegamos a la Piétat profundamente emocionadas en la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo (16 de julio de 1824), acompañadas por el P. Chaminade. Después de establecer nuestra pequeña comunidad, reunió a las congregantes y les animó insistentemente a trabajar muy unidas a las hermanas. En Condom, las hermanas emprendieron las mismas actividades que en Agen o en Tonneins. Cuidaron con un esmero particular la Congregación y las clases gratuitas. Además pensamos con el P. Chaminade que era conveniente abrir un internado con el fin de dar una sólida formación cristiana a las jóvenes de la clase dirigente. De esa manera todas las jóvenes de cualquier clase social que fueran se podrían formar, en los conocimientos humanos y en la fe. El internado debía formar cristianas, ése era su único fin.

             El 26 de julio emprendimos la marcha hacia Burdeos, con el fin de erigir un noviciado en la calle Mazarin. El P. Chaminade estaba cada vez más ocupado en el desarrollo de la Familia Marianista y tenía dificultades para venir a Agen. Teniendo su vivienda en Burdeos, podía así atender mejor a las novicias. ¡Era tan importante una buena formación en el espíritu del Instituto! Hacía falta hacer de cada novicia una misionera; era lo que yo escribía a la madre Luis Gonzaga, que era la maestra de novicias: Penétrate bien de tu espléndida misión: formar esposas para el Cordero de Dios, misioneras destinadas a ir un día en búsqueda de las ovejas del divino Pastor...¡Cansémonos, a ejemplo de Jesucristo, en la búsqueda de la samaritana, no tengamos miedo del esfuerzo necesario para una obra tan grande!  También era necesario enseñar a las novicias a hacer todo en el nombre de María para la gloria del Señor; así se lo recordaba a la maestra de novicias: Frecuentemente pienso en el querido noviciado de la calle Mazarin y en la querida madre. Pero tengo confianza en que María lo protegerá. Me parece que no hemos tenido todavía suficiente devoción a la santísima Virgen: hay que inculcarla más en el corazón de nuestras hijas. ¡Hacer todo en nombre de María! ¡Pidamos verdaderas vocaciones por intercesión de María!  La Compañía de María se estaba desarrollando en Alsacia y en el Franco-Condado. A comienzos del año 1826, el P. Bardenet, misionero, que había estado de párroco en Arbois (Jura) pensó que el antiguo convento de los Capuchinos convendría muy bien a las actividades de las hermanas. Invitó al P. Chaminade a ir para poderlo ver él mismo. Y pensó que sería posible una nueva fundación. Lo tratamos juntos y determinamos las hermanas que iban a componer la nueva comunidad. Cada vez que veía partir a las hermanas, se me desgarraba el corazón. Pero, ¿acaso no dijo el Señor: “Id y haced discípulos de todas las naciones”? Mi salud se debilitaba más y más. Sin embargo tuve aún fuerzas para acompañar a las nueve hermanas y a las dos novicias que iban a formar la comunidad hasta Burdeos. El domingo, 28 de octubre de 1826, iniciaron la marcha y llegaron a Arbois después de tres semanas de viaje. Las acogieron calurosamente e inmediatamente comenzaron sus actividades al servicio de la población. Un mes después de su llegada, la madre María José, mi prima, cayó gravemente enferma. Estaba a las puertas de la muerte. ¡Vaya golpe! Intensifiqué mi oración, pedí a todas las comunidades que hicieran lo mismo. Felizmente el Señor me libró de verla morir. Pero en cuanto a mí misma, sentí que mi tiempo iba a ser muy breve. Debíamos apresurarnos en aprovecharlo para llegar a ser santas, costara lo que costase.

 

"¡Hosanna al Hijo de David!"

 

             Siempre me había gustado un texto del Evangelio: era el de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias (Mt. 25, 1ss). Tuve siempre sumo empeño en velar para que el Señor no me sorprendiera de improviso. Animaba a menudo a los miembros de la “Pequeña Asociación” a que hicieran provisión de aceite para que, cuando llegara el Esposo, pudiéramos entrar con él en la sala de bodas. Así le escribía yo a Águeda en diciembre de 1805: Seamos vírgenes prudentes y no vírgenes necias. Vivamos siempre en una continua espera del divino Esposo de nuestras almas. Desde hacía varios años mi salud causaba inquietudes. En aquel momento me sentía muy cansada. Me estaba costando mucho reponerme del viaje a Burdeos para acompañar a las queridas hermanas que iban a partir hacia una misión en el lejano Franco-Condado. Y de repente la noticia de la grave enfermedad de la madre María José, apenas llegada a Arbois, me consternaba. Estábamos al día siguiente de navidad de 1826, y yo escribía a la madre Luis Gonzaga que estaba en Burdeos: La noticia de la extrema gravedad de la enfermedad de la madre María José me ha aterrado. ¿Qué podemos hacer, querida hermana? Rezar... Si nos convirtiéramos todas de verdad, quizá Dios se dejaría ablandar como lo hizo con los Ninivitas. Esta prueba me impresionó seriamente y de enero a abril de 1827 tuve que dejar toda la correspondencia. Igualmente tuve que cesar cualquier especie de conferencia o charla. ¡Qué duro fue verme en la imposibilidad de cumplir el deber fundamental de mi cargo! Escribía así: Mi estómago no puede tomar casi nada. Me encuentro en un estado de languidez que es muy molesto para la naturaleza, pero que podría ser muy provechoso para mi alma, si supiera hacer buen uso de él. Si conociéramos el precio de los sufrimientos, cuidaríamos muchísimo de que no se perdiera ninguno. ¡Dichoso quien haya entrado por esta ciencia del crucifijo!

             El P. Chaminade pidió a todas las comunidades del Instituto que se unieran en la oración para pedir mi curación. Las congregantes de Agen hicieron una peregrinación a Nuestra Señora del Buen Encuentro. Quizá fue por eso, pero pude seguir el retiro anual en el mes de agosto. Escribí: “El segundo fruto que pretendo sacar es prepararme a entrar en mi eternidad, que, según todas las apariencias, está ya muy cerca para mí”. A principios de septiembre, el P. Laumont moría después de muchos sufrimientos. Dejaba un enorme vacío. Perdíamos un bienhechor y un amigo. Algunos días más tarde, tuve una nueva recaída. El médico exigió un reposo absoluto, no quería que yo me moviera de aquí para allá. Después de este descanso, mejoré un poco, pero seguía sin poder comer. ¡Qué duro era vivir en ese estado! Me arrastraba lánguidamente, dolorida siempre, sin poder tomar casi nada y con un verdadero suplicio para pasarlo. Esto me quitaba el gusto de la oración, hacía todo a la fuerza. ¡Ay! Iba hacia la eternidad sin poder ocuparme seriamente, qué verdad era que no se debía esperar a estar enferma para prepararse. Conociendo el precio de la salud, escribí a la madre Luis Gonzaga: Te prohíbo la sopa de col y pido a la buena de sor Francisca que te prepare algo más. Te recomiendo insistentemente, tanto como sea posible, que te acostumbres a la hora de acostarse y levantarse de la Regla. ¿Qué se gana colocándose una entre los inválidos? Cuida tu estómago; haz que también sirvan a la mesa contigo a sor Asunción u otras, porque, si no, tienes que comer después a toda prisa para alcanzar a las demás...  Me preocupaba del desarrollo del Instituto, de la elección de los predicadores de los retiros, ... el 15 de noviembre, escribí al Alcalde de Agen para solicitarle la información requerida con objeto de obtener del gobierno la aprobación del Instituto.

             Pero mi atención se dirigía de una manera privilegiada hacia el noviciado. La maestra de novicias trabajaba con su acción en la formación de un cortejo de jóvenes fieles para el celestial Esposo, yo contribuía a lo mismo con mi sufrimiento. Yo la animaba a vivir de la fe y no de esta vida terrenal, a pensar en el fin que nos esperaba, a elevar sus ojos hacia la patria del cielo. A fines de noviembre, dirigí un último mensaje a Águeda, la madre Sagrado Corazón: No puedo escribir más, debido a mi estado de sufrimiento. Mi corazón os quiere entrañablemente a todas y comparte vuestras penas; quiere que lleguéis a se grandes santas. Mis fuerzas se agotaban día a día; el 23 de diciembre, pedí el Viático y dirigí mis últimas recomendaciones a mis hijas: La mayor pena que yo podría experimentar sería ver que se debilita la caridad en el corazón de una sola de mis hijas. El día de Navidad pedí la unción de los enfermos. Las hermanas se reunieron en torno a mí. Todavía tuve bastante fuerza para hablarles del amor del Maestro, que habíamos elegido servir. Por medio de su sacramento, el Señor me llenó de su paz y de su gozo. Miré al Crucifijo, pensando en sus dolores, hice la señal de la cruz, sostuve mi rosario. Además de mis hermanas, estaban allí el P. Mouran, el P. Serres, la señora Belloc, mi amiga de la confirmación. ¡Cuántas gracias! Pedí que me leyeran los últimos momentos de santa Juana de Chantal, que yo quería tanto, pero sentí no poder, como ella, dirigirme en particular a cada una de mis hijas. El 8 de enero, creyendo que había llegado el momento decisivo, los dos sacerdotes vinieron a recitar la recomendación del alma. Por un momento, el miedo se apoderó de mí, pero me rehice en seguida: ¡Sí, todo lo que Dios quiera! La agonía se prolongaba. La noche siguiente, en el amanecer del 10 de enero, tuve un sobresalto y grité: ¡Hosanna al hijo de David! Con este grito de fe, acogí a aquél que, durante toda mi vida, busqué y amé.

 

Escrito por sor Marie-Joëlle Bec, F.M.I.

Traducción: Eduardo Benlloch

 

 

Oración por la glorificación

de la Venerable Adela de Batz de Trenquelléon

 

Oh Dios, fuente de vida y toda santidad,

te damos gracias

por el ardiente espíritu misionero

y el amor filial a María,

que infundiste en el corazón de tu sierva

Adela de Trenquelléon.

En el breve curso de su existencia,

trabajó con entusiasmo y perseverancia

para acrecentar

la fe y el amor a Cristo y a su Madre

en todos los ambientes,

especialmente entre los jóvenes,

y los más necesitados.

Concédenos, Señor,

que, como ella, seamos signos de tu amor

entre nuestros hermanos

y, a fin de que tu sierva

sea glorificada en tu Iglesia,

otórganos, por su intercesión,

las gracias que te pedimos. Amén