Tras el primer Cuaderno de poemas, “Dios en la poesía” abre el segundo, donde se seguirán guardando nuevos poemas abiertos a Dios y al mundo interior de la Humanidad.

 

BASTA MORIR Y TODO RESUCITA  (Emilio del Río)

Basta morir y todo resucita.
La muerte fue al costado rectamente.
Una cruz, una lanza que consiente.
Y el agua toda al mar se precipita..

Rompió la letra de sentencia escrita
Abrió la luz, mañana indeficiente.
Estremeció de gozo la corriente. 
A su Ascensión la creación gravita.

Basta morir para tomar derecho
el puerto inalterable, deseado,
y allí vivir de muerte y Vida entera.

Basta morir del todo en este lecho,
dándose en la raíz por acabado,
pero exultando al pie de primavera.

Emilio del Río (Valdanzo. Soria 1928). Profesor, publicista, crítico. Comenzó su obra poética a partir de 1950. En “América, noche y alba” relató poéticamente su experencia tras el terremoto de Guatemala. Desde allí sintió y expresó que la tierra y la palabra, la historia humana y la cultura son sagradas. Piensa que, como dijo San Ireneo hace siglos, “la persona humana es la gloria de Dios”. En este poema canta la Resurreción de Jesús como el Acontecimiento de su y nuestro triunfo de Vida.

 

DERECHOS HUMANOS

Sé que Dios mora en mí

como en su mejor casa.

Soy su paisaje,                                                          

su retorta alquímica

y los dos ojos

de su alegría.

Pero esta letra es mía.

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EL HOMBRE  HUMANO

Si no fuera por la esperanza de que me esperas con la mesa puesta,

no sé qué sería de mí.

Sin Tu Nombre

la claridad del mundo no me acoge,

es cruda luz quemante sobre los lamentos.

Yo necesito por detrás del sol

del calor que no se pone y ha engendrado mis sueños,

en la noche más cerrada, lámparas fulgurantes.

Porque permaneces encima y abajo y alrededor de lo que existe,

yo descanso mi rostro en esta arena

contemplando las hormigas, envejeciendo en paz

como envejece lo que tiene un amoroso dueño.

El mar sería tan pequeñito ante lo que lloraría

si no fueras mi Padre.

Oh Dios, aun así no es sin temor que te amo,

ni sin miedo.

ADÉLIA PRADO es una poetisa brasileña, nacida el día de Santa Lucía en 1935 en una pequeña ciudad llamada Divinópolis, en Minas Gerais. Aunque ahora forma parte del corpus incuestionable de la poesía de este país, no fue hasta sus cuarenta años que publicó su primer libro, cuando ya era madre de cuatro, maestra de escuela, y terminaba la licenciatura en filosofía, la que era su segunda carrera. 

 En este momento tiene ocho libros de poesía publicados, pero también ha escrito cuentos, novelas y obras de teatro. Dentro del panorama de las letras brasileñas es una rara avis: aunque coincide temporalmente con los llamados poetas marginales, y comparte con ellos el uso del lenguaje cotidiano – alejándose por lo tanto de la poesía concreta, nombre con que se conoció la poesía de la vanguardia brasilera más experimental del siglo pasado – Adélia hace presente a Dios desde su fe, en la poesía, y se enraiza en su cotidianeidad como mujer ama de casa, abanderando con belleza a las grandes olvidadas, las señoras madres. 

Adélia realmente nos invita a una apertura. Lo más paradójico es que lo hace a través de códigos místicos (y místico viene de la palabra myein, cerrado). 

El primero de los poemas se llama “Derechos humanos” y forma parte de su libro El Pelícano: El cuerpo como casa de Dios, pero sobre todo como medio por el que lo divino experimenta las sensaciones físicas, por donde puede participar de la materia, alegremente. Prado intercambia el rapto divino, en el que el humano experimenta la trascendencia, por un rapto en el que es Dios el que quiere experimentarse a través de los sentidos humanos, asomarse a través de “sus dos ojos”.

La “retorta química” que se refiere en el poema es un recipiente con el que se destila los componentes de una mezcla, separando todas las partes según su estado (sólido, líquido o gaseoso). Dios entraría en ese recipiente, (el cuerpo humano), para dividir (en sentidos, en partes, en piernas, ojos, nariz) toda su potencialidad informe. Pero esto no le quita la libertad a la poeta, o quizá debamos decir el libre albedrío: la letra, que es trazo y sentido, sigue siendo  de ella.

La poesía de Adélia Prado, podríamos concluir, se inscribe dentro de una concepción amplia de misticismo. Según Louis Gardet  la experiencia mística  es “la experiencia deleitable de lo absoluto” (1970),   y si bien en los poemas de Prado no hay siempre un encuentro pleno con Dios, sino más bien pequeños encuentros con el Otro,  en la cotidianeidad,  en la experiencia diaria, en la experiencia del amor y del deseo, esos encuentros le permiten acceder a un gozo cercano a lo absoluto.

Para el teólogo Faustino Teixeira que “El verdadero místico no está nunca desplazado de su tiempo, sino que es alguien animado por un desaforado amor por el Todo”, Y eso aparece en el poema “El hombre humano”.

 

EL NIÑO NEGRO

Me parió mi madre en las selvas del sur,
y yo nací negro, pero ¡ay!, mi alma es blanca.
Blanco como un ángel es el niño inglés:
pero yo soy negro, cual privado de luz.


Mi madre me educó debajo de un árbol,
ysentados antes del calor del día,
me puso en su regazo, después me dio un beso,
e indicando hacia el este, empezó a decir:

“Mira el sol naciente: allí habita Dios,
y brinda su luz, su calor obsequia;
y hombres, bestias, árboles y flores reciben
solaz en el alba, ventura en la tarde.

Y nos da en la tierra un exiguo tiempo
para que aprendamos a sobrellevar del amor los rayos;
y estos cuerpos negros, y este ardiente rostro,
son sólo una nube, cual bosque sombrío.

Cuando nuestras almas el calor resistan,
la nube se irá, oiremos su voz:
“Salid de la fronda, mis hijos amados,
y en torno a mi tienda gozad cual corderos”.

Así habló mi madre, después me besó,
y así yo le digo al pequeño inglés:
cuando ambos de negra y alba nube libres,
en torno a la tienda de Dios retocemos,


yo le protegeré del sol hasta que al fin pueda
feliz reclinarse sobre nuestro padre;

después acariciaré su pelo de plata,
y seré como él y entonces él me amará a mí

William Blake (Londres 1757-1827). Poeta, pintor y grabador inglés. Aunque al principio su obra tardó en descubrirse y valorarse, hoy está considerado uno de los literatos y artistas más importantes de la cultura inglesa.Fue un defensor de la igualdad entre las razas y pueblos. Aborrecía la esclavitud, el racismo y cualquier forma de discriminación por motivos ideológicos y religiosos. Este poema “El niño negro”, tomado de “Canciones de inocencia y experiencia” es un buen ejemplo de su lucha poética por la superación de las divisiones y fronteras entre razas y culturas. Hombre de profunda sensibilidad religiosa, en sus poemas brota con fuerza el misterio de Dios, fuente de vida y comunión para todos. Blake no era miembro de ninguna iglesia, pero su espíritu abierto y tolerante, le sitúa en el ámbito de los buscadores de una nueva imagen de Dios.

EL CRISTO DE VELÁZQUEZ  – 1920 (fragmento)

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno. Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡Oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!

Miguel de Unamuno (Bilbao 1864- Salamanca 1936). Con motivo de la exposición “Velázquez y la familia de Felipe IV” (Museo del Prado, 8 octubre- 9 febrero 2014), una revista ha invitado a uno de los mejores pintores españoles actuales, Antonio López, para que comente algunos cuadros de Velázquez, él que es un profundo conocedor y estudioso del gran pintor barroco. Y delante del “Cristo crucificado”de Velázquez, que inspiró a Unamuno para componer su poema, decía:

“Es un Cristo limpio de sangre. Recuerdo un día que estaba mirándolo y de repente sentí que ese hombre me estaba viendo, me estaba escuchando… No está muerto, un muerto flexiona las rodillas. Ese hombre está con la cabeza baja y sabe que estamos aquí. ¡Mira que se ha visto esta figura en mil recordatorios, en mil reproducciones y no se gasta! Aquí está la grandeza de lo religioso sin la parte corrompida de la religión. Aquí está limpia de todo eso… No hay ninguna crueldad. Solo el peso de lo doloroso. Del silencio. Hay pocas creaciones superioras a esta. Desde luego, en la pintura, ninguna. Ninguna”.

¡Y eso que Antonio López, cuando le preguntaban qué cuadro elegía de Velázquez, decía que no quería señalar ninguno, solo señalar a Velazquez ! Pero al final se quedaba inclinado, como rezando, ante esta obra cumbre de la pintura religiosa española.

LA ORACIÓN DE LA NOCHE  (José María Valverde)

Después del día, el ruido, la fatiga,
rezamos un momento, en tanto un velo
de sueño y de ternura nubla el cielo
y anega nuestro amor la noche amiga.

Pero está bien así, que sólo diga
nuestra voz el comienzo. Así el desvelo
de Dios nos ve dormidos en su suelo
y con su piel de sombra nos abriga.

Tú déjale venir, subir sin ruido,
crecer de noche —un río que mañana
habrá llegado al pie de la ventana—,

tú déjale fundirnos en olvido,
pero al dormirte, siente cómo mana
y te besa su amor en mi latido.

José María Valverde (Valencia de Alcántara 1926- Madrid 1996)

José María Valverde nació en Valencia de Alcántara (Cáceres), pasó su infancia y adolescencia en Madrid, donde estudió y vivió gran parte de su vida. Se exilió durante varios años a EEUU y Canadá, y volvió a Barcelona a ocupar sucátedra de estética. Participó en las revistas literarias de su época y en numerosas publicaciones periódicas donde fue publicando gran parte de su pensamiento. Él mismo decía que era un poeta metido a filósofo, y no al contrario. Su extensa labor como crítico literario, traductor de poetas y ensayista es imposible resumirla en unas líneas. Escribió innumerables ensayos sobre crítica literaria, filosofía y lenguaje, entre otros temas. Siempre mantuvo un compromiso ético muy alto, hasta el punto de que se exilió voluntariamente en 1964, en solidaridad con Tierno Galván, Aranguren, García Calvo y otros profesores universitarios, expulsados de sus cátedras por el régimen franquista. Su labor como traductor fue inmensa, destaca la traducción que hizo del Ulises de Joyce y las versiones de las obras de Cavafis, Rilke, Hölderlin, Walt Whitman, Goethe, Shakespeare, etc.

La poesía de José Mª Valverde es sobre todo comunicación: Desde sus primeros poemas cree que los poetas han nacido para nombrar las cosas, para gozar la vida y contarlo : Tú nos das el mundo para que lo gocemos./ Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.

Todas las obras de J.Mª Valverde son libros unitarios, esto es, tienen una idea central sobre la que gravitan todos los poemas, una idea o un tema, no escribe poemas sueltos, sino libros de poemas. Y todos ellos son poemarios claros, porque la sencillez es una de sus cualidades. Escribe para comunicarse, para reflexionar y hacernos reflexionar. La estética literaria es importante también, pero cada vez le va interesando más el fondo humano de sus poemas, y menos la forma, así que sus últimos textos son narrativos. La sencillez expresiva no está exenta de precisión léxica, buscando siempre el verso ajustado al tema pero pretendidamente fácil, sencillo, sin retoricismos innecesarios, casi coloquial. En esto sigue la tradición de Antonio Machado. Su primer libro plantea preguntas a un Dios en el que cree, expresa la angustia del poeta ante el dramático paisaje de la guerra y sus consecuencias posteriores. Se mezclan los ruegos y salmos con oraciones a un Dios que no siempre está presente. Es poesía religiosa y sentimental. En los años 50 su poesía se acerca más a las realidades cotidianas. Se va haciendo poesía de la comunicación por influencia de la poesía hispanoamericana y por su propia evolución ideológica hacia uncristianismo crítico y hacia una forma de entender la creación poética cercana a lo social. En los años 60 busca una síntesis entre el marxismo y cristianismo. Y a partir de los años 70 su compromiso humanístico le lleva a escribir poemas sobre el hombre, la solidaridad, el amor… Algunos de sus poemas religiosos han sido incorporados a la oración oficial de la Iglesia. Fue además un gran traductor del Nuevo Testamento. Un poeta, y más que un poeta. Un hombre que buscaba creer y que quería una fe más limpia y más sincera. Alguien que nos ayudó a creer en Dios y en un mundo más como lo soñó Dios para todos.